jueves, 29 de noviembre de 2007

EL DÍA EN QUE ELLA VA A REUNIRSE CON ÉL


Danilo Sánchez Lihón


1. Dulzura por dulzura corazona

Cayó y rodó por las gradas de cemento de la escalera de su departamento, en el quinto piso del edificio donde vivía, en la cuadra 52 de la Av. Arequipa. El golpe le ocasionó una lesión cerebro vascular de la cual no se recuperó jamás.

Tres horas estuvo inconsciente tirada en la losa sin que nadie pudiera auxiliarla. Y es que vivía sola.

Era la esposa –lo es– del poeta más estremecedor, audaz y rotundo de los últimos siglos de la poesía universal, quien escribió para ella:

Costilla de mi cosa,
dulzura que tú tapas sonriendo con tu mano;
tu traje negro que se habrá acabado,
amada, amada en masa,
¡qué unido a tu rodilla enferma!
Simple ahora te veo, te comprendo avergonzado
en Letonia, Alemania, Rusia, Bélgica, tu ausente,
tu portátil ausente,
hombre convulso de la mujer temblando entre sus vínculos.
¡Amada en la figura de tu cola irreparable,
amada que yo amara con fósforos floridos...

Cuando era niña, a los seis años contrajo tuberculosis en una pierna, quizá por eso rodó en la escalera de su casa.

El accidente fue por salir a dar de comer a los gatos de la vecindad, que se reunían cotidianamente para este ceremonial y en aras del cual ella preparaba pacientemente la comida, cortando el pan en pequeños trozos, mezclándolos con atún y saliéndolos a repartir a los mininos a quienes revisaba sus heridas y curaba sus lastimaduras.

Ese accidente, cuando ella tiene 71 años, ocurrido el año 1979, le ocasiona una lesión cerebro vascular.

El accidente ocurrido a principios del año 1979, cuando contaba con 71 años de edad, le provocó un ataque de hemiplejia que devino en arterio-esclerosis.

Fue internada en la Clínica San Borja, luego en el Hospital Militar por gestión del Ministro de Educación Gral. Guabloche Rodríguez y, posteriormente, el 14 de febrero de 1979 fue internada en la Clínica Maison de Santé, donde ocupó el departamento 328. Para ello, la Sociedad de Beneficencia Francesa le otorgó una subvención de mil francos mensuales para sufragar gastos de medicinas y servicios médicos.


2. Los niños inválidos fueron quienes la acompañaron a su tumba

Murió después de cinco años de permanecer postrada a consecuencia de la caída referida, expirando el 4 de diciembre del año 1984, a las 5.35 de la madrugada, víctima de un ataque cardíaco y embolia cerebral, a la edad de 76 años.

Sus restos fueron trasladados a la capilla del Hogar Clínica San Juan de Dios donde fueron velados.

Está sepultada en el Cementerio de la Planicie, en una tumba donada por los hermanos de esa casa de San Juan de Dios que ayuda a los niños con limitaciones en su salud corporal y mental.

Esos niños inválidos fueron quienes la acompañaron a su tumba. Y ¡qué bien que así lo hicieran porque nada puede ser más afín a Georgette que esa escolta y ese séquito!

Son los representantes de un país herido, lacerado por tantos sufrimientos. Pero también son las huestes de los voluntarios de la República Española, adultos o niños, que luchan por la redención del hombre.

Donó todo lo suyo, incluso los manuscritos de César Vallejo, a los enfermos de dicho nosocomio e institución de caridad. En poder de nadie esta herencia tiene su mayor sentido y coherencia que en manos de los enfermos del Hogar Clínica San Juan de Dios.


3. Por quienes habrá que echarnos la culpa a todos

Al morir pesaba 40 kilos.

El hermano Lázaro Simón Cánovas, director del Hogar Clínica San Juan de Dios, quien la conoció muy de cerca, dijo en su sepelio:
“Había que estar muy cerca de ella para comprender la inmensa ternura que guardaba detrás de su introversión".
Ternura que era enorme y total frente al mundo desvalido, humillado e impotente.

Para con los niños sobre quienes se abate y asesta el golpe ciego y fiero la invalidez.

Para con aquellos que son víctimas de la violencia familiar.

Con quienes son víctimas de la sinrazón y la ceguera del mundo.

Respecto a quienes no habrá a nadie a quien culpar por el abandono y la atrocidad en la cual viven.

Por quienes habrá que echarnos la culpa a todos; a uno mismo, que es lo que generalmente ella hacía.

Que es lo mismo que hacía su esposo, César Vallejo, quien confesaba:

Señor. . .
Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!
Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...

4. A quien correspondía dar el veredicto y la sentencia final, desde la eternidad

Sobrevivió 46 años a su esposo, muerto en 1938. En todo ese tiempo le fue totalmente fiel y consagrada a defender su obra. Vivía con él, dormía con la mano aferrada a la escultura de la mano de él que se la tomó en yeso, aún en su lecho de muerte.

Sin embargo había días en que estaban enojados:

– Estoy enojada con Cesár. –Decía con ese modo de pronunciar el nombre de pila de su esposo, acentuando la última sílaba y haciéndola una palabra aguda.

Lo cual significaba que tenía cubierta con un lienzo la mascarilla de César Vallejo. Entonces la réplica que tenía de su rostro estaba a oscuras, sin luz, cubierta con un manto.

Había puesto de ese modo la separación de una delgada tela entre ella y ese ser que habitaba su universo de manera impertérrita como ningún otro poeta en el mundo se tiene noticia que haya existido tan evidente, más allá de la muerte para alguna mujer.

Sin embargo, era un ser que tenía muchos motivos para la queja y el reproche hacia quien fue su esposo, una pareja que sufrió mucho a su lado y siguió sufriendo más aún sola y sin él. Una persona que dejó mundo tras mundo por él: su infancia, su provincia, su candor, su fortuna, su país, su paz y finalmente su vida.

Fue la peregrina, la rabona, la montonera, quien encarna de manera central y auténtica su mensaje, su misión y la trascendencia que él vino a representar en este mundo.

Pero había otros días en esa larga sobre vivencia amanecía y expresaba radiante:

– Ya estoy amistada con Cesár.

Y entonces descubría la mascarilla. Iniciaba para tal ocasión una larga conversación con él, acerca de la vida cotidiana, de las cosas del mundo. Ella le contaba, como si fuera una chiquilla, hasta de sus equívocos, sin parar y él respondía con monosílabos, como un oráculo que más escucha que habla pero a quien correspondía dar el veredicto y la sentencia final, desde la eternidad.


5. Engarzada en la mano y en el alma de ese ser andino, mestizo y absoluto

Tenía ella para regir su vida la voz del océano, de la montaña, del trueno y del relámpago que era él, porque en eso se convirtió Vallejo para ella, espacio estelar y en voz, en sentido y en dirección de la vida.

Por eso, de lo que no se desprendió ella jamás era de su palabra, de su manera de ser, como de su reflexión al punto de llegar a pensar y actuar como él.

Y tal como lo expresó: Lo único que le faltaba para vivir plenamente a su lado “eran sus pasos”.

Y es que caminaron mucho juntos, su estilo era ir cogidos de la mano, amorosos. Deambularon por Berlín, Leningrado, Moscú, Praga, Viena, Budapest, Venecia, Florencia, Roma, Pisa, Génova, Niza. Eran dos seres que encontraron un compás absoluto al caminar, se los nota en la foto transitando con Rafael Alberti en una calle de Madrid.

¿Cómo se los ve? Absolutos, íntegros. Acoplados en el caminar, coincidentes, hechos uno para el otro. Ela muy bella y muy mujer; él muy señor, y varón. Ella: encantadora, una gacela y una flor de liz, un emblema del imperio. Hermosa, elegante, espigada.

Sumida en una especie de encantamiento, muy en su aureola y en su mundo, parisina como era, con el abrigo que bate al viento, arrobada en sí misma, con un sombrero sutil, con un collar que le pende al cuello, se descuelga por su pecho y un chaleco de botones ostentosos.

Las rodillas muy juntas al caminar, una con otra como cabe en una mujer a quien su madre ha inculcado el orgullo de tener ascendencia en la nobleza napoleónica, pero que ahora va engarzada en la mano y en el alma de ese ser andino, mestizo y absoluto como es César Vallejo, de traje oscuro riguroso, con una punta de pañuelo blanco que le sobresale en el pecho y que en la mano porta un sombrero de fieltro claro.


6. ¿Qué son nuestros destinos y de qué materia estamos hechos?

Es una pareja de cuento, una pareja para la historia de la humanidad, que como ella no se ha visto otra. Yo lo supe cuando ella ingresó 14 años después de haber muerto su esposo e iba a conocer viniendo desde Trujillo, es más: desde Lima, es más: desde París, para conocer mi pueblo de Santiago de Chuco enclavado en los andes hasta donde ella arribó siguiendo los pasos de quien fuera su esposo hacía tantos años muerto. ¿No ocurre que más bien sobre el amor se abate el olvido?

Por eso y muchas otras razones significativas es una pareja para la historia de los siglos. Lo importante del instante y del segundo de esa foto en España es que esas dos vidas se persiguieron una a la otra 46 años después que uno de ellos muriera.

En este mundo y en este planeta ellos volverían a encontrarse muchas veces. Y estarán ahora juntos si es que existen otros mundos que repliquen o representen o proyecten a este en donde sobrevivimos.

Tenía Georgette una vida familiar intensa con su esposo difunto. El referente era la mascarilla que ella mandó a que se le tomara en el lecho de su muerte.

Hasta peleaba con él, con el yeso del alma y el aroma a ciegas del ausente. ¿Qué fuerza puede tener la vida para esta suplantación del pálpito y hasta del aliento ¡y hasta de la química del olor! en la tierra blanca con goma que es el yeso? ¿No es igual cuando adoramos con devoción infinita a tantos santos entronizados en los altares? ¿Qué son nuestros destinos para llegar a esta consubstanciación? ¿Y de qué materia estamos hechos los humanos para reverenciar la vida en lo muerto, o en algo que no tiene vida, o en aquello que la lógica y el raciocinio niega y deplora?


7. Tenía que cumplir una misión y una obra aún no terminada

Estas relaciones paradigmáticas actitudes solo caben en los seres más extraordinarios pero a la vez en los más simples y humildes. En quienes no caben es en los términos medios. Yo he visto en las gentes sencillas este amor consumado más allá de la vida y de la muerte. Y he contemplado ese rito supremo del amor en amuletos y hasta en los objetos cotidianos que alguien tocara, en donde posó su mano el amado o la amada.

Sólo muy pocas veces la mascarilla de Vallejo en la casa de Georgette estuvo cubierta, Lo normal era que conversaran y hablaran interminablemente y que estuviera libre del manto del enojo porque más estuvieron en paz y armonía y en franca comunión.

Sólo una vez estuvo por mucho tiempo cubierta. Sólo una vez tembló la vida a tal punto que amenazara derrumbarse. Sólo una vez estuvo Georgette a punto de dejarlo a él para siempre cuando él ya hacía años que había muerto. Y el motivo fue todo lo que él hizo para salvarla. ¡Pero ella quería irse con él!

La golondrina estuvo a punto de cambiar de rumbo, de cambiar a otro océano. ¡Imposible, no hay otro océano para seres como ella! Pero pudo posar en cualquier roca o piedra. Y no lo hizo. Hubiera emigrado hacia otra playa, quizá de alguna laguna, charco e incluso pantano. Y no incurrió en eso.

Fue, lo confiesa ella, la circunstancia más terrible que ha pasado en la vida, después de la muerte misma de Vallejo en que estuvo de pie a su lado cerca de cuarenta días con sus noches.

Y esta vez fue cuando ella consultó a un medium y éste le reveló un hecho que para ella fue atroz, que estuvo a punto de hacer que el mundo se derrumbara por completo:

Este medium le reveló lo siguiente: Que ella estuvo a punto de morir e ir, consecuentemente, a reunirse con él. Y allí se interpuso Vallejo para que ella permaneciera aquí. Que ella tenía que cumplir una misión y una obra aún no terminada.


8. La crisis más atroz que ella pasó, lo confesó así, en este mundo

Este hecho, este aplazamiento de volver a juntarse en el cosmos y ser una sola alma en dos cuerpos –aunque estas categorías no son para esos mundos, en donde ya se han encontrado– le causó tal decepción que mucho tiempo la mascarilla permaneció cubierta y ella anonadada no sabía cómo convertir su amor en odio, su pasión en rencor, su cariño en amargura. Ella misma lo ha explicado de este modo:
“Aún estando muerto yo continué casada con él. Nunca me interesó otro hombre, pero un día terrible un medium me dijo que se había comunicado con el espíritu de Vallejo y que él le había dicho: “Georgette quiso seguirme a la muerte pero yo quise que se quedara en la vida”. Ese día me separé brutalmente de él. Así, mientras uno vive con un muerto vive con él, pero cuando uno se separa, entonces empieza la horrenda soledad”
Entonces empezó a romper, a desprenderse de cosas, a querer librarse de él, sin saber por dónde empezar a desatar el nudo que lo ataba a ese hombre que le había inferido el dolor más atroz: el de aplazar el tiempo para reunirse y ser otra vez uno, de estar otra vez juntos.

De ese hombre que había cometido el acto cruel, traidor y desalmado de obligarla a permanecer en este mundo en donde él ya no estaba y de aplazar de modo interminable el reencuentro.

Fue la crisis más atroz que ella pasó, lo confesó así, en este mundo.


9. Nevé tanto para que tú duermas

Georgette dejó sellada la tumba de César Vallejo –como esposa legítima que era, pues se casaron el 11 de octubre del año 1934 en la Alcaldía del Distrito 15 de París– de tal modo que nunca sea posible abrirla sin su consentimiento.

De ese modo, al morir ella, se esfumaba y caía en un pozo ciego y abismal la única llave que hubiera hecho posible abrir ese catafalco. Ya no solo el retorno a su tierra sino que ni siquiera trasladar el hueso húmero de Vallejo al Perú y a Santiago de Chuco es posible, como es nuestro más profundo y sentido anhelo.

Ella adquirió a perpetuidad la tumba de Montparnasse e hizo trasladar allí los restos mortuorios del poeta –en el lugar que él le indicara que quería descansar algún día, y donde reposan los célebres e inmortales de Francia y el mundo– hecho que consumó el año 1968, para lo cual ahorró moneda tras moneda y sin pedir ayuda a nadie.

Pero dejó estipulado una cláusula en el contrato que de acuerdo a las leyes de Francia es inalienable. Dicha cláusula de acuerdo al régimen de propiedad privada de dicho país es que nadie sin su consentimiento puede abrir dicha tumba. De ese modo lo hizo suyo para siempre, actitud uterina de mujer, quizá haciéndolo el primer y único hijo que alcanzó a tener.

Sobre su lápida mandó grabar parte de este epitafio que escribió para él:

Tú mi vida
tú mi desgracia

toda mujer eternamente
mece un niño

Nevé tanto
para que tú duermas

lloré tanto
para desvanecer tu ataúd

Sin embargo, ella deseó ser enterrada en el Perú, como última e inquebrantable voluntad, como expiación por haberse opuesto de modo tenaz e irrevocable a la repatriación de los restos mortales de César Vallejo a su tierra natal.

10. Tu frente llena de sollozos en mi regazo seco

No gestionó ser enterrada al lado de César Vallejo. No hizo nada para que ello se cumpliera. Pese al amor sublime, más allá de la vida y la muerte, que traspone y alcanza la eternidad, y que ella le tuvo.

Amor que sobre todo lo probó con su vida, sus pasos y su ejemplo, no dio un solo paso por reunirse con él en este mundo.

Pese a quienes la zahirieron y le reprocharon un querer aprovechar la memoria de su esposo y colocarse muy cerca de él. Se quedó aquí en el cementerio Jardines de la Paz, de La Planicie, en la Capilla 2, Letra C, Fila 4, Nicho 36, Planta B.

¡Sin embargo, aquel lugar en su tumba al lado de él, en Montparnasse, le correspondía!

Pero era más profunda su posesión de tal modo que como cadáver lo porta en el útero simbólico de lo que es su tierra de origen, su cultura y su gente.

¡Sin embargo, ese lugar en su tumba al lado de él le corresponde sobre manera!, no por lo esposa que fue sino por lo mujer eterna consagrada a él en la vida y en la muerte!

No ocupa el lugar que le corresponde. No hizo nada por ello. Y al contrario deshizo en el planeta tierra, siquiera de ese modo, el volver a estar enlazados. Quizá queriendo decirnos con ello que hay pendiente el tema de cambiar el mundo de manera radical.

No movió un milímetro en tal sentido aquella a quien se le acusó de apropiarse de Vallejo. Dejó la lección de que todo ello no era cierto, en lo que hay de profano y superfluo, porque nada más natural y legítimo que ella compartiera junto a él el camposanto que adquirió con sacrificio supremo. Es posible que ni siquiera se le ocurriese en ningún momento. Y si lo pensó lo descartó de plano.

Pero sí dejó escritos estos versos que solamente se pueden escribir con la matriz hecha gemidos:

he corrido tanto
y ya nada existe

Un día
cuando haga mucho calor

como un cascabel roto
iré a sentarme en tu tumba

Con la cabeza apoyada en tu muerte
interminablemente escucharé tu sueño

tu frente llena de sollozos
en mi regazo seco.


Texto que puede ser reproducido citando autor y fuente. Teléfonos: 420-3343 y 420-3860 Revisar otros textos en el blog: danilosanchezlihon.blogspot.com

miércoles, 28 de noviembre de 2007

SANTO DOMINGO ERA UNA FIESTA

1

El volkswagen en el que íbamos empezó a devorar distancias y en pocos minutos salimos de la panamericana para entrar al polvoriento camino que lleva a Lainaz y Carrasquillo, luego a esa entrada mustia de Morropón, donde un burro “mojino” devoraba unas cuantas algarrobas doradas, y una gavilla de “churres” arrojaba piedras a un chivo saltarín.
Unas cuantas curvas por entre las calles morropanas y ya estamos levantando una nube de polvo rumbo a nuestro destino: el pueblo de Santo Domingo. En un instante más llegamos a la explanada que los lugareños llaman “El Chorro”, en donde campesinos serranos y costeños realizan el comercio de sus ganados. Corre viento fresco y un cielo diáfano deja ver los macizos morados que más tarde subiremos. Pero antes, bajo la sombra propicia de un algarrobo, nos sentamos a consumir un estimulante cebiche y dos cachemas encebolladas que una vivandera morena ha frito sobre una tulpa frenética.
Después del caserío Piedra del Toro, la pendiente empieza a escarparse. Esa zona es la “banda” izquierda del río La Gallega, que baja límpido y abrumador durante los meses de verano, en los años lluviosos. Es un vaso natural gigantesco, repleto de piñán, cabuya, ceibo y overales. Minutos más tarde llegamos a Caracucho y luego a El Puente, con su restaurante humoso, una gasolinera, y la popular Cruz de Agua Santa, ara rústica donde los viandantes depositan monedas y “milagros” con el fin de obtener alguna gracia o simplemente por seguir el rito de unción cristiana..
Lo demás es subir y subir. El camino es apenas una serpiente flácida, retorcida y reseca, de curvas sorprendentes y abismos insólitos. De rato en rato nos topamos con alguna campesina que baja sonriente, haciendo reverberar el camino con las rosas de sus mejillas. En el mojinete de una choza, un perro chusco nos ladra desesperadamente. Llegamos a Paltashaco: el volkswagen pasa como un ratón asustado y ya estamos de nuevo devorando recodos y sintiendo que nuestros pobres pulmones de “chalas” apenas si soportan la limpidez del aire.
Pambarumbe: otra vez las tejas rojas y las fachadas blancas, Un grupo de campesinos conspira alrededor de una inconfundible botella de “primera”, y en una callejuela despejada un grupo de estudiantes ensaya una marcha militar. El cacharro se escabulle, y después de unas cuantas vueltas nos pone en el caserío de Santiago. Hay ambiente festivo, las puertas están abiertas y los lugareños corren por todos lados; en dos días más se celebra la fiesta del pueblo, y por eso es que hay tanto “papel cometa” formando coloridos arcos en las bocacalles.
Llegamos a San Miguel. Es menos que un caserío, tan sólo la estación que parte en dos el camino: el que sube a Chalaco y el que baja a Santo Domingo. Con este caserío me sucede siempre lo mismo: en el recuerdo se me borran las gentes y las cabañas, sólo me queda una acequia y unas cuantas gallinas picoteando la tierra reseca del sendero.





2

Las tres de la tarde. Esta vez el camino se inclina ligeramente hacia abajo. Se tupen los platanales, el pasto y los floripondios. Una curva más y aparece Santo Domingo: una calle con coloridos arcos, un campanario macizo y lonas con rayas coloradas de los tenderos y vivanderas de la feria. Entramos lentamente. Dos viejos campesinos con ponchos negros y sombreros de palma, brindan en mitad de la calle agitando una botella de primera, esa bebida casi sagrada que extraen de la caña y que es la materia prima de la alegría serrana, conjuradora de penas y caldera de mortíferos encuentros con machete y puñaleta. El pueblo celebra sus 94 años de fundación, y es como si nos esperara.
No hay tiempo que perder. Allí queda el escarabajo detenido en seco, rodeado de “cholitos” cetrinos que aplastan sus narices contra los vidrios empolvados. Hemos tenido cuatro horas de encierro y estamos ansiosos por desperezarnos y caminar al aire libre. Preguntamos por la pelea de toros y nos informan que en pocos minutos empezará, que hay toros “hasta de sobra” y que las peleas serán en El Jazmín. El sol cae de golpe y hasta los cerros más altos dejan ver nítidamente sus cumbres impresionantes.
Un caminito abrupto, flanqueado de rosedales e higuerones, nos lleva al lugar de la contienda. El Jazmín es una inverna inmensa, ahíta de pasto húmedo y exuberante, desde donde pueden verse los cerros Huaycas, el Quinchayo, y el imponente Ruqutuñú, cuyo nombre significa, según el quechua herético de los santeños, “viejo decrépito”, y en cuyas faldas tupidas habitan todavía el oso y la arisca pava de monte. El Jazmín es una explosión de colores. Aquí se ve a un grupo de campesinos de Simirís, con ponchos de listas azules; allá los de Chungayo, con unos de listas verdes; y reventando en granates y amarillos estridentes los ponchos de San Francisco, caserío al que también llaman “Chancha Bruja” por sus prácticas de hechicería. Los toros que se enfrentarán están apicotados en diferentes puntos, pitando, revolviendo el polvo con las pezuñas y meneando furiosos sus testas aceradas. A lo lejos brillan botellas de “primera” pasando entre los corrillos y preparando el ánimo de los apostadores. Nunca empieza una pelea si es que antes, los dueños de los toros y los jugadores, no están lo suficientemente caldeados por “la caña”.


3

— ¡Hay pelea!— grita de pronto Braulio Calle, Síndico de San Francisco y animador de la fiesta, mientras dos toros, un barroso y uno negro, avanzan hacia el centro, halados por sus dueños. La ponchería corre alborotada, y yo tomo posesión de una roca para contemplar a mi gusto el espectáculo. Los toros parecen como hechos de un material blindado, de sus narices salen verdaderos aquilones, y agitan los cuernos como si quisieran cortar el aire. Empiezan las apuestas. ¡Dos mil soles al barroso!, ¡tres mil al negro!, gritan los apostadotes agitando los billetes religiosamente guardados para ese fin. Una vez pactada, la apuesta se convierte en un asunto de honor. Los incumplimientos, que son muy raros, sirven sólo para desenvainar machetes, envolverse el poncho en el brazo e iniciar una pelea que suele terminar con la muerte de uno de los “contrarios”. Poco a poco, sin embargo, las fiestas van siendo menos cruentas, y los campesinos aprenden que la alegría no necesita de un chorro de “náparo” (así llaman a la sangre) para hermanarlos.
Los dueños de los toros, armados con un bastón de pajul o piñán que llaman “asta”, los arrean hasta ponerlos frente a frente. Las apuestas favorecen al negro. La gente se agita en una danza medrosa en torno a las bestias que, luego de cruzar una mirada de odio, chocan sus testuces con una violencia desenfrenada. Es un golpe seco, un golpe que bastaría para matar a diez hombres al mismo tiempo. Los músculos de sus nucas están tensos como si fueran a reventar. No dura, ni puede durar mucho la pelea. El toro barroso da un último resoplido y vuelve a golpear la testuz del negro, que no hace más que girar en redondo y emprender las de villadiego. Risas y palmas. Viene el pago de las apuestas, y otra vez el compás de espera, mientras don Braulio Calle, con su galonera de pócima en la mano, arma la segunda confrontación.
Esta vez son dos toros pintos. Sólo se diferencian por el color de los cuernos. Al que los tiene oscuros lo han traído desde Cabrerías, y al que los tiene cenizos de Quinchayo Alto. Los de Cabrerías miran de reojo al toro de sus “contrarios” y parece que estuvieran a punto de desistir. “Es tremendo cholazo”, balbucea el más viejo, pero los circunstantes, apelotonados, les ruegan que no se desanimen, que en realidad el toro parece “flojo” y por último...!aquí está, caraju, la bolsa que exigen los quinchayos!.
A una seña, Braulio Calle se pone de pie, y arqueando las manos sobre la boca lanza el grito que todos quieren oír:
— ¡Hay pelea!—
La luz de la tarde es clara todavía, pero ya se oyen las bandadas de los pericos acercándose a su refugio por la quebrada de los guayaquiles. Todo El Jazmín se anima. Los “churres” se encaraman en los higuerones y los viejos se acercan a donde ya están puestos los toros frente a frente. En efecto, el toro de los quinchayos parece más fiero que el de Cabrerías. Bufa, pita, escarba la tierra como si quisiera desenterrar un tesoro con el turbión de sus patas. El otro espera, los ojos luminosos y el resoplido tenso. Se miden, se calculan, pero ninguno de los dos se anima a iniciar el combate. Al fin lo hace el toro de Quinchayo, el golpe suena como un derrumbe, pero el de Cabrerías ha resistido y consigue desconcertar a su contrincante. Frotan sus testas, la una como queriendo penetrar en la otra. Súbitamente, el de los cuernos oscuros retrocede y golpea sin piedad la calota de la bestia de los quinchayos. “!Achachauuu!”, es el eco que brota del tumulto de ponchos, mientras el toro agredido se tambalea un instante y luego, bufando de dolor, huye despavorido produciendo el desbande y la gritería de la gente.
Se pagan las apuestas. Se pactan dos peleas más. En la última, uno de San Antonio y el otro de Tiñarumbe, los toros no han hecho más que mirarse sin atacar. Sus dueños los azuzan, pero nada. Esto ocurre cuando los animales ya pelearon alguna vez y uno de ellos ha padecido la fiereza del otro. Así termina la fiesta. Por Chancha Bruja se levantan varias columnas de humo y en la cima del Ruqutuñú el advenimiento del crepúsculo pone una pincelada de oro viejo. El Jazmín, donde la niebla comienza a bajar, se queda sola. Por diversos caminos, el gentío retorna a sus querencias. Los borrachos se abrazan de dos en dos, a ratos se detienen, juntan sus cabezas como los toros, y confundiendo sus voces con el canto de los “negros” sobre los yapugueros, lanzan a los umbrales de la noche la letra festiva o amarga de una vieja “cumanana”:

Pañuelo blanco me diste,
Pañuelo para llorar:
De qué me sirve el pañuelo
Si tu amor no ha de durar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

AGRAVIANTE “DESAGRAVIO” A VALLEJO


El departamento de La Libertad tiene un drama que hasta ahora no puede resolver: aquí nacieron dos personajes cuyos ideales políticos son abiertamente antinómicos: Víctor Raúl Haya de la Torre y César Vallejo. El primero fundó en 1924 un partido de carácter continental, el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), y años más tarde una sección peruana, el PAP (Partido Aprista Peruano) que en 1932 lideró en Trujillo una revuelta frustrada contra la oligarquía peruana. Desde un primer momento, Haya de la Torre se propuso combatir, primero en forma soterrada y después abiertamente, la ideología marxista sembrada por José Carlos Mariátegui y el Partido Comunista que éste fundó en 1928. Vallejo, por su parte, adhirió a las tesis de Mariátegui y ese mismo año, desde París, rompió con el líder trujillano, repudiando “al partido aprista por la orientación contrarrevolucionaria que le insuflan las nuevas teorías de Haya de la Torre, su jefe”. La obra escrita y la acción política de Haya de la Torre han caducado; la una por tratarse de un centón lleno de baratas fórmulas ideológicas destinadas a justificar su postura antimarxista; la otra por lo que todos los peruanos sabemos: el partido aprista es ahora sólo un brazo político de lo más graneado del neoliberalismo y acaso una de las instituciones más corruptas y antipopulares que se conozcan en el país. En cambio, la obra literaria y la acción ética y política de Vallejo, continúan en absoluta vigencia. Con todo, la historia le concedió una ventaja a Haya de la Torre: vivió hasta 1979, mientras que Vallejo murió en 1938. Este handicap le ha permitido a los apristas manosear la vida, la obra y la memoria de César Vallejo según su retorcido e interesado criterio.

En vista de que la figura literaria de Vallejo se ha impuesto en el mundo hasta ocupar espacios insospechados, junto a Shakespeare, Dante Alligheri, Joyce y otros gigantes de la literatura universal, los apristas no han tenido más alternativa que intentar “digerir” su imagen, limando previamente todas aquellas asperezas propias de su condición de ideólogo y esteta del marxismo. Hasta hace poco, corrían el bulo de que Vallejo había sido militante del APRA. Dejaron de hacerlo sólo cuando los documentos y testimonios fueron irrefutables. Han escrito innumerables artículos tratando de convertirlo en el “gran amigo” de Haya de la Torre, fundaron el Instituto de Estudios Vallejianos sólo para evitar que “los comunistas” materialicen esa idea. Y hoy por hoy, le rinden “homenajes” para convertirlo en “poeta cristiano” o en una suerte de filántropo edulcorado e inofensivo. El máximo atrevimiento de los apristas ocurrió al finalizar el primer gobierno de Alan García, cuando intentaron traer los restos de Vallejo al Perú para presentarse como sus “reivindicadores” ante la comunidad internacional. Escritores e intelectuales de todo el mundo protestaron ante semejante propósito y lograron desenmascarar las intenciones de García y sus áulicos. Adjunto a esta nota un artículo que escribí en Piura sobre el tema.

Pero como el APRA no cesa de tramar contra Vallejo y el marxismo, su último manotazo ha sido montar un “desagravio a Vallejo” realizado a trío entre la Corte Suprema de Justicia, la Universidad Nacional de Trujillo y el APRA ( 14, 15 y 16 de noviembre del 2007). Algunos días antes de la inauguración del evento, apareció colgado en el céntrico local de la Universidad un horroroso afiche donde se mostraba a Vallejo tras las rejas. En éste y en los trípticos que se repartieron después, se leía: “Desagravio a Vallejo. De juez a injusto reo”. Lo de “injusto reo” es además una gruesa incorrección idiomática, pues tal vez lo que quisieron decir fue “reo de la injusticia”. Pero como su propia conciencia los traiciona escribieron el agraviante adjetivo “injusto” al pie del sustantivo “reo”. Es decir, que aparte de prisionero, Vallejo fue un hombre injusto. ¡Vaya con los doctos desagraviadores del poeta! Ahora veamos los retruécanos (entre otros) que el “doctor” Francisco Távara ( actual presidente de la CSJ) escribió en dicho tríptico: “La universalidad de Vallejo como creador es una consecuencia más del mensaje de lo que dejó escrito en defensa de la humanización del mundo, en su lucha permanente por la fraternidad, por la justicia, por la igualdad, por la libertad y el bien común, lejos de los argumentos de la sociedad consumista y superficial.” Si Vallejo leyera esta descripción de su pensamiento político, estoy seguro que lanzaría una de esas sonoras carcajadas con las que solía burlarse de la estupidez y la ignorancia de alguno de sus contemporáneos. No, “doctor” Távara, Vallejo no fue un jacobino, Vallejo fue un marxista en toda la extensión de la palabra.

Parte de esta comparsa han sido Víctor Sabana Gamarra, Jorge Kishimoto, el inefable César Ángeles Caballero, el profesor Wellington Castillo Sánchez y el crítico “estructuralista” Francisco Paredes Carbonell. ¿Cuál será el próximo “homenaje” del APRA contra César Vallejo? Esperemos. Con toda seguridad que sacarán uno de debajo de la manga.


CARNETS

En Trujillo no hay un solo monumento público a César Vallejo.

La calle más sucia de Trujillo se llama César Vallejo.

El Colegio donde enseñó Vallejo y que está ubicado en la Plaza de Armas de Trujillo se llama “Pedro Henríquez Ureña”.

El Instituto de Estudios Vallejianos está conformado por cuatro ancianos con Alzheimer que no permiten la incorporación de nadie más a su institución.

En todo Trujillo no existe un archivo de las obras de Vallejo.

En la Universidad Nacional de Trujillo no existe la Cátedra Vallejo.

En la Feria del Libro de Trujillo, que ocurre todos los años, se evita la imagen y la mención de Vallejo.

En la Municipalidad de Trujillo no hay un cuadro de César Vallejo.

A los apristas los "revienta" que Vallejo no haya escrito un sólo verso sobre su cacareada "Revolución del 32".

Reivindicar a Vallejo en Trujillo te convierte en un apestado.






ME MORIRÉ EN PARÍS

Alberto Alarcón

Hace unos días, el maestro Juan Antón y Galán publicó en estas mismas páginas una nota titulada “¿Por qué Vallejo sigue en París?”, cuya parte final decía:

“Manifiesta, pues, la firme posición de Georgette Phillipard, queda ahora al gobierno de la nación la tarea de asumir la responsabilidad de activar gestiones ante el gobierno francés y concretar el anhelo de que los restos de una de nuestras más preclaras glorias retorne al seno de la patria.”

Es en torno a este pedido del conocido maestro sanmiguelino que quisiera permitirme ahora una opinión discrepante.

César Vallejo es, sin duda, el poeta peruano más descollante dentro de las letras hispanoamericanas. Él, al igual que Rubén Darío, vació en el molde cervantino emociones y sentimientos nunca antes expresados por escritor alguno. Es “el poeta de una estirpe y una raza”, como dijera José Carlos Mariátegui en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Pero no de una estirpe y una raza confinadas a los estrechos límites del Perú, pues desde su primera obra, Los heraldos negros, subyace en nuestro poeta un acento americanista profundo que más tarde se traduciría en universalismo, sin margen posible para nacionalismos superficiales o chauvinismos fáciles.

El Perú de César Vallejo es el Perú de los parias, el de “los campesinos vidriados de sudor” y el de los mineros “del socavón en forma de síntoma profundo”. Para Vallejo, el Perú no es “el sentimiento idealista de la tierra y de sus paisajes”, como alguna vez quiso un tal Ramón de Dolarea (profesor español del Opus Dei, afincado en Piura por los años 70). Más que unos cuántos miles de kilómetros cuadrados, la patria para Vallejo fue esa que él denuncia y profetiza en El tungsteno; es decir una patria utópica, no la patria real. Cuando Vallejo escribe: “Perú del mundo y Perú al pie del orbe” es justamente cuando llega al convencimiento de que la patria auténtica sólo es posible dentro de un orden internacionalista, al cual Vallejo adhiere por filiación de vida y filiación de ideas.

Todo el proceso vital del poeta tuvo destino de universalidad. Muertas sus esperanzas de retornar al país con el exclusivo propósito de hacer causa común con los desposeídos en sus incipientes luchas de liberación, Vallejo comprende que está llamado a la noble y dolorosa tarea de ser un ciudadano y un combatiente del mundo. Su expulsión de Francia y luego la Guerra Civil española le revelan la dimensión de su compromiso y sus deberes. Después de doce años de silencio, en medio de los mayores dolores que puedan sacudir el alma de un hombre, escribe las estremecedoras páginas de España, aparta de mí este cáliz. Y cuando muere, en 1938, de acuerdo al testimonio de quienes asistieron a sus últimas horas de agonía, no lo hizo pronunciando el nombre del Perú sino el de España, que en ese momento simbolizaba la lucha del Hombre contra el oscurantismo y la regresión. (“Allí…pronto…navajas…Me voy a España”, fueron sus últimas palabras.)

París fue para Vallejo lo que el desierto para Moisés. Allí padeció el fuego y los martirios de la purificación antes de recibir las Tablas Sagradas de una poesía profundamente humana, descarnada y nueva. Cuando Francia lo condena a su segundo destierro, en 1930, lo hace en una lucha frontal, no contra el artista, sino contra el militante convicto y confeso de la ideología marxista. Por paradójico que parezca, Francia se pone a la altura del poeta y lo combate con sus armas más poderosas. Francia es también, sin embargo, la estación de sus júbilos. Allí conoce a importantes poetas de su tiempo y obtiene sus primeros trabajos como periodista internacional. En 1928, París recibe con calores de hogar al reportero de la Rusia revolucionaria; y en 1929 le entrega el fervoroso amor de Georgette Phillipard, la esposa que lo acompañaría más allá de la muerte. Por último, y por propia voluntad del poeta, Francia se convierte en la depositaria de sus restos. “Me moriré en París con aguacero,/un día del cual tengo ya el recuerdo./Me moriré en París y no me corro,/ tal vez un jueves como es hoy de otoño”. París “un sitio muy grande y lejano”, como él mismo lo llamara en uno de sus poemas, fue siempre para Vallejo el único refugio posible para los hombres que aman el pensamiento y la libertad.

En el Perú, Vallejo fue escarnecido, vapuleado y torturado por la envidia y la crueldad pueblerinas. Antes de que el poeta publicara su primer libro, Los heraldos negros, Clemente Palma, hijo del ilustre tradicionista, incapacitado para comprender la poesía de Vallejo, lo mandó regresar a su pueblo y dedicarse a la siembra de papas o bien a ofrecerse “en calidad de durmiente en el tren a Malabrigo”. En 1923, el Perú lo condenó durante 112 días a una asquerosa cárcel trujillana, que lo haría escribir más tarde: “El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú”.

El “Perú oficial”, el único que resultaría ahora beneficiado con la repatriación de sus restos, le negó en repetidas ocasiones, por vía de la conjura silenciosa, su retorno al país. Este mismo Perú fue el que durante treinta años ha mantenido a su viuda en medio del silencio, la indiferencia y la miseria. El mismo Perú que hasta hoy no levanta la orden de captura contra el poeta. Aquí es donde más se le ha combatido y se le ha negado. Aquí, en su propia patria, contrariando la historia, se ha pretendido convertirlo en aprista, en místico, en poeta maldito, en europeísta y hasta en agente a sueldo del comunismo internacional. En 1972, el joven poeta Enrique Verástegui, ebrio de irreverencia y dandismo aldeano, proclamó a todos los vientos la liquidación de Vallejo como poeta.

Con estos “pergaminos”, el Perú oficial tiene la obligación imperiosa de dejar en su paz parisina el cadáver de nuestro insigne aeda. No le asiste ningún derecho para apropiarse los restos físicos de un soldado internacionalista al que su patria sólo le dio insultos, silencio y prisión. Los peruanos que valoramos en Vallejo al hombre, al pensador y al artista somos los albaceas legítimos de su espíritu, de ese espíritu que no necesita de rituales funerarios, y a veces ni siquiera de una tumba, para perpetuarse en la memoria y el corazón de los hombres. Quienes abierta o solapadamente quieren tergiversar ese espíritu son los que ahora pretenden “reclamar” y traer al Perú los restos del “shulca”, arguyendo hipócritas motivaciones de adhesión y nacionalismo barato. No permitamos, pues, que éste o cualquier otro régimen a los que estamos acostumbrados, intente pasar a la historia como el “gran reivindicador de Vallejo, la cultura, la democracia y el nacionalismo”. Pongámonos de acuerdo: a un “cadáver lleno de mundo” le corresponde una ciudad llena de mundo como es París. (Diario El Correo de Piura, 20 de diciembre de 1982)



sábado, 3 de noviembre de 2007

LOS BUITRES COMEN MÁS TARDE



En 1994, un muchacho de treinta y tres años detuvo su furgoneta en una solitaria ribera de un río de Johannesburgo y se puso a contemplar el paisaje. La brisa movía las hojas umbrosas de los árboles y algún pájaro anónimo cantaba, como cuando él tenía seis años e iba a ese mismo lugar a jugar con sus amigos. Mostraba unas ojeras enormes y su mirada estaba envuelta en un halo de infinita tristeza. De pronto se animó, bajó del auto, abrió la maletera, sacó una manguera que conectó al tubo de escape y regresó al volante. Cerró todo. Unos minutos después estaba muerto. Se había suicidado inhalando el monóxido de carbono de su vehículo. Cuando lo encontraron, parecía dormir plácidamente, mientras en su walkman sonaban todavía unos melodiosos tonos de rock country.

Se llamaba Kevin Carter. Era un sudafricano blanco; había nacido en 1960 y desde 1984 se dedicaba exclusivamente a su trabajo como cronista gráfico. Dos meses antes de morir había ganado el Premio Pulitzer de Fotoperiodismo con una fotografía publicada en el New York Times y tomada en 1993, en Ayod, una polvorienta aldehuela en Sudan. El solo describir este testimonio gráfico eriza los pelos y deja caer sobre el espíritu los garfios de un horror indescriptible: una niña negra, famélica, desnuda y vencida por el hambre, ha comenzado a morir. A pocos metros de ella, expectante, un buitre aguarda su muerte para iniciar el sangriento ritual de devorarla. El animal parece estar hecho de sombras y de piedra, mientras que la pequeña –ya sólo piel y huesos– experimenta los últimos estragos de la vida.

Carter tenía tres amigos fotógrafos (Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva) con quienes conformaba un grupo al que apodaban el “Bang Bang Club”. Se caracterizaban por su intrepidez para exponerse al peligro en la violenta guerra que asoló Sudáfrica después de la liberación de Mandela, su afición a las drogas duras y sus fotografías espeluznantes e incluso truculentas. Fueron ellos los primeros a quienes les contó los pormenores de la foto de Ayod: tuvo que esperar más de veinte minutos para lograr el encuadre perfecto, deseaba vivamente que el animal se acercara mucho más a la niña y que abriera las alas, pero no lo logró. Una vez hecha la foto, no hizo nada por ayudar a la pequeña; sólo espantó al buitre con una rama, se embarcó en la avioneta y desapareció del lugar. Mientras volaba, un ángel bondadoso y un ángel diabólico peleaban dentro de él. Este último lo invitaba a sonreír, pues sin duda había conseguido la foto que le daría fama y dinero. El ángel bondadoso, encerrado en una lágrima, lo contemplaba con la infinita piedad de un dios herido.

El premio Pulitzer está dotado de 10,000 dólares y se entrega en New York. En mayo de 1994, Kevin Carter fue a recibirlo, y esa misma noche empezó a dilapidarlo. Se aturdió bebiendo y envenenándose con su droga favorita: Pipa Blanca – una psicotrópica mezcla de mandrax y marihuana –en un bullicioso pub aledaño al Central Park; luego atravesó el puente sobre el río Hudson hasta que fue a dar con sus huesos en algún hotel de la inmensa y reverberante Gran Manzana. A pocos metros de su alma, el buitre negro de la muerte lo acechaba. En Sudáfrica, la guerra había concluido; uno de sus amigos, Ken Oosterbroek, había muerto en medio de un tiroteo en plena refriega, y ahora él recibía dinero y prestigio por haber mostrado al mundo una foto donde una niña hambrienta moría mientras un buitre aguardaba los despojos.

La foto lo torturó desde un primer momento. “Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”, declaró a sus colegas. Bastan estas palabras para intuir los inclementes ramalazos de culpa que azotaban la conciencia de Kevin Carter. Con el tiempo, esa foto se convirtió en un buitre expectante, y él en la niña famélica que empezaba a morir. Carter sabía que cuando disparó su cámara había dado el primer picotazo sobre el cuerpo exangüe de la pequeña; es decir, se había adelantado al siniestro animal que la acechaba. Es decir, se sintió mucho más animal que el propio buitre. Si bien innumerables periodistas han exculpado a Carter en nombre de esa “coraza” con la que deben blindarse los corresponsales de guerra para sobrevivir y sensibilizar a la humanidad con sus testimonios, lo cierto es que el fotógrafo sudanés nunca pudo exculparse a sí mismo. Y lo que importa ahora es lo que él sintió y no lo que nosotros queramos sentir para justificar sus actos.

Hay quienes sostienen que Kevin Carter no se suicidó debido a la foto de la niña y el buitre, sino por el agobio causado por las drogas o tal vez por la muerte de su mejor amigo, o por el desamor y la soledad que fueron como su duro pan de cada día. Yo tengo una alternativa más para explicar su muerte. Es terrible, lo sé, pero estoy en la obligación de confesarla: Carter logró fotografiar la muerte de la niña; y luego el preciso instante en que el enorme buitre le picoteó la nuca y empezó a descarnarla. Pero esa placa – abominable revoltijo de yerba, tierra y sangre – habría hecho más evidente su artrosis emocional y su cinismo. Habría sido demasiado.

La mañana que Carter llevó su furgoneta hasta aquella ribera del río de Johannesburgo donde se quitó la vida, escribió en una hoja de papel: “Continuamente me persiguen los vívidos recuerdos de las matanzas, los cadáveres, la ira, el dolor, los niños desfallecidos por el hambre, los heridos, los locos de gatillo fácil, muy a menudo policías, los asesinos ejecutores. Me voy a reunir con Ken…, si tengo esa suerte”.¿Se tragaron las aguas del río el carrete donde Kevin Carter estampó la última foto de la niña y el buitre?

domingo, 14 de octubre de 2007

ESPINELAS DE OCTUBRE




El llanto que derramara
Y todo el llanto vertido
Será en la tierra medido
Con el fusil de Guevara
.


No se quedarán contigo.
Ni con tu voz. Los arrieros
Bajan por ti hasta los fueros
Donde impera el enemigo.
Van a rescatar el trigo
De tu bandera preclara
Y el fusil que te encargara
Tu América prisionera.
Van a borrar de La Higuera
El llanto que derramara.


Con tu canana encendida
Alumbrarás tiempos duros
Y estarás en nuestros muros
Viendo el rostro de la vida.
Vendrás a vengar la herida
Abierta donde has caído,
A colgar donde haya nido
Un bando llamando a guerra
Que alce al pobre de la tierra
Y todo el llanto vertido.


Hoy es negro, torvo vuelo
Lo que ronda tu bravura,
Pero en tu andina estatura
Crece el rumor y el desvelo
Del alba que busca un cielo
Para nacer. Cielo urgido
Del palomar que han traído
Tus manos, con las que todo:
La muerte, la flor y el lodo
Será en la tierra medido.


Al pie de tu voz, los bravos
Hemos abierto otro monte.
Queremos que el horizonte
No tenga cepos ni clavos.
Somos los runas esclavos,
Los del coágulo en la cara,
Los que ven la cuenta clara
Sin tener la luz, los parias,
Pero esta vez sin plegarias,
Con el fusil de Guevara.





Nos sonríes desde un arrabal
de sombras duras
Francisco Bendezú


La boina negra, no gris. En el reír
Mostraba un corazón puro y en calma,
Una estrella de amor rojo en el alma
Y una enorme alegría de vivir.
“Bienvenida la muerte si al morir
el arma que empuñé no queda sola”.
Dijo una vez, y lo grabó en la ola
Y en el silbo del ave embravecida.
Era un hombre al asalto de la vida
Con su barba, su tos y una pistola.




Cantemos un himno al héroe más bravo
de América india.
Leoncio Bueno

¿Y qué cantan los bardos trovadores
En este siglo de pólvora y metrallas?
Cantan los aires y las antiguallas
Que les exigen cantar los traidores.
Por eso traigo aquí, con mis tambores,
Tu mochila con lámparas, tu hoguera,
Tu coraje, tu ejemplo, tu bandera,
Y los pongo a cantar como es debido,
Como cantan los pájaros y el trigo
Cuando los pone a cantar la primavera.

martes, 2 de octubre de 2007

EL MITO DEL VERSO LIBRE



No existe el “verso libre”. La denominación “verso libre” tiene un carácter puramente didáctico. Ha sido creada para diferenciar este tipo de verso de aquel que está sujeto “a rima y a metro fijo y determinado”.
Hago la aclaración porque todavía hay quienes consideran que escribir en “verso libre” significa escribir de manera descuidada, sin sujeción a normas de preceptiva ni de estilo. Pienso, por el contrario, que el “verso libre” requiere de un profundo conocimiento de la preceptiva poética, además de mucho talento e intuición para volcar en él todas las posibilidades creativas del poeta. Es como cantar una canción sin la ayuda de algún instrumento musical. Como cantar a capela.
Sin rima y sin metro, el “verso libre” debe sostenerse sólo en el ritmo y el poder sugestivo de sus imágenes. El ritmo sin metro implica la tenencia –en el numen del poeta- de una música interna capaz de sojuzgar al lector. El creador de “verso libre” es un jazzman, un inventor de síncopas rítmicas ( y eso sólo lo hace quien conoce de rítmos a perfección).
Con frecuencia, la rima permite al poeta “redondear” el efecto “visual” y sonoro de una imagen:

Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola
Se deslizó en la paz de una aldea lejana,
Entre el manso rumor con que muere una ola
Y el tañer doloroso de una vieja campana.
(A. Valdelomar)

En el “verso libre” el poeta carece de un espacio definido para pintar sus imágenes; depende única y exclusivamente de su propia intuición. Es como un pintor con su paleta, sus colores y una escena…pero sin lienzo. El poeta de “verso libre” asume el reto de pintar en el aire:

Desiderio delle tue mani chiare
Nella penombra della fiamma:
Sapevano di rovere e di rose;
Di morte. Antico inverno.
(S. Quasimodo)


(Deseo de tus manos claras/ en la penumbra de la llama/ sabían de robles y de rosas; / de muerte. Invierno antiguo).

Muera, pues, el mito del “verso libre”.

POR EL OSCURO FUEGO DE LA POESÍA DE HOY

Pintura de Óscar Alarcón Prieto



Llegar a la comprensión de la poesía moderna tiene sus dificultades, ya que ella se expresa por medio de enigmas y misterios. Sin embargo, en el transcurso de muchos años no ha dejado de ser fecunda. Se la cultiva en Alemania desde Rilke; en Francia desde Apollinaire; en España desde García Lorca, en Italia desde Palazzechi y en los países anglosajones desde William B. Yeats.

En las obras de estos autores, el lector accede a una primera característica de la poesía moderna: su oscuridad. Oscuridad que le aturde y le atrae al mismo tiempo, aunque no acierte a comprenderla. Es una cierta tensión que se aproxima más a la inquietud que al reposo. Esta tensión es precisamente uno de los propósitos básicos del artista contemporáneo.

Por lo tanto, esta oscuridad es deliberada. Baudelaire afirmaba: hay cierta gloria en no ser comprendido; y para el alemán Godfried Benn el poeta debe consagrarse a “algo que merece que no se intente convencer de ello a nadie”. El italiano Montale fue más enfático aún: si el problema de la poesía consistiera en hacerse comprender, afirmaba, nadie escribiría versos.

Y es que la poesía moderna busca expresamente alejarse de la racionalidad y de la comprensión. Trata de que los poemas resulten autónomos, es decir objetos válidos en sí y para sí mismos. En su libro QUÉ ES LA LITERATURA Sartre, refiriéndose a un poema de Rimbaub, dice que el poeta no ha querido decir nada, sino que simplemente ha dicho. Y entiende que el poema no es una significación sino una substancia, es decir “un objeto estético cuya extrañeza procede de que nosotros nos colocamos, para considerarla, del otro lado de la condición humana, del lado de Dios”. El poeta moderno actúa pues sobre capas pre-racionales y trata por todos los medios los medios de descubrirle nuevas facetas a lo conceptual.

Esta tensión que el poeta crea en el lector la genera fusionando elementos contradictorios entre sí; por ejemplo rasgos de origen arcaico y mítico con elementos de intelectualismo, ciertas formas de expresión con la complicación de lo expresado, la rotundidad del lenguaje con la oscuridad del contenido, la simpleza de los motivos con los arrebatos estilísticos.

Cuando la poesía contemporánea se ocupa de la realidad – ya sea de las cosas o de l hombre – no lo hace de una manera descriptiva sino llevándola al mundo de los insólito, deformándola y convirtiéndola en algo extraño a nosotros. “En poesía – afirma Friederich – como en otros campos, el hombre se ha convertido en dictador de sí mismo, destruye su propio ser natural, se destierra a sí mismo del mundo y destierra a su vez a éste, únicamente para satisfacer sus ansias de libertad. Esta es la curiosa paradoja de la deshumanización”.

Es realmente una curiosa paradoja la que vive el hombre en la poesía de hoy, pues en sus propósitos de deshumanizarla exalta el valor supremo de la libertad, de su propia libertad, y se coloca en ello nuevamente como el centro de todo.

Pero para arribar a esta situación el poeta ha tenido que eludir los sentimientos y su necesidad de comunicarlos. Prescinde de la humanidad en el sentido tradicional de la palabra para convertirse en el extraño mago que, a través del idioma, transforma y evade lo real según le plazca. Este hecho no sugiere que el poeta sea ajeno a los sentimientos o que no pueda ni deba crear estados de ánimo en sus lectores. No. Este hecho se produce, por cierto, pero precisamente porque el poeta ha intentado evadirlo y al hacerlo modula sensaciones nuevas. Víctor Hugo expresó esto de manera magistral cuando luego de conocer la poesía de Baudelaire le escribió: “Usted ha creado un estremecimiento nuevo”.

En la poesía actual hay un dramatismo agresivo que trata de disolver la correspondencia o ecuación entre los signos y lo signado, es decir entre las palabras y el contenido. Como resultado de ellos el lector no se siente seguro sino alarmado, pues en todo este juego resulta siendo la víctima. El lenguaje poético siempre se ha distinguido del lenguaje coloquial, de nuestro lenguaje cotidiano; pero antiguamente se trataba de una diferencia relativa y gradual. Más con el advenimiento de poetas como Baudelaire, Apollinaire, Mallarmé, Arthur Rimbaub, Lorca y Guillén esta diferencia se convirtió en radical. Todo se trastoca, reina la oscuridad y el sinsentido, la sintaxis sufre cambios antes inconcebibles.

El procedimiento poético más antiguo, es decir la metáfora, es tratada de una forma nueva que evita el natural término de comparación para unir, a trueque del sacrificio de lo real, cosas que objetiva y lógicamente no pueden unirse. El contenido del poema pasa a ser entonces esta dramática tensión de fuerzas formales, ya interiores o exteriores. Pero como ese poema continúa siendo, a pesar de todo, lenguaje, aunque sea lenguaje sin propósito de comunicación, se llega a la paradójica consecuencia de que quién lo percibe se siente a la vez atraído y desorientado.

El lector se siente ante algo anormal o anómalo y con ello satisface al poeta que precisamente buscaba conseguir ese efecto de sorpresa y desconcierto. Pero sorprender y desconcertar tiene sus inconvenientes, porque para ellos hay que valerse de la anormalidad. Uno de los inconvenientes los padece el propio poeta, puesto casi siempre en los límites mismos de la neurosis y la locura; el otro inconveniente corre a cargo de la poesía, pies no falta quienes, mediante la impostura, juegan al desconcierto y la sorpresa, pretendiendo por ellos ser llamados poetas modernos.

Es por esa razón que la poesía moderna, lo mismo que el arte moderno en su conjunto, no puede atacarse ni defenderse a priori. Para adoptar un juicio valorativo ante una obra de arte moderno es necesario, de todos modos, apreciarlo mediante el conocimiento. Y el problema de nuestro tiempo es que carece de categorías cognoscitivas para abordar su estudio, aún cuando se acepta la dificultad y hasta la imposibilidad de su comprensión como una de sus características primordiales.

Por el momento, sin embargo, la poesía moderna se define por sus atributos negativos, por lo general referidos a la forma. Algunos de estos atributos son los que refirió Lautremont en 1870 cuando dijo que la literatura del porvenir sería “congojas, desorientaciones, indignidades, muecas, predominio de lo excepcional y de lo absurdo, oscuridad, fantasía desenfrenada, tenebroso afán, disgregación de los más antagónicos elementos, ansias de aniquilación”.

Otros escritores han definido la poesía moderna como “desorientación, disolución de lo corriente, sacrificio del orden, incoherencia, pragmatismo, reversibilidad, estilo en serie, poesía despoetizada, relámpagos destructores, choque brutal”. En 1932, Dámaso alonso decía: “De momento no hay más remedio que definir nuestro arte en términos negativos”.