domingo, 14 de octubre de 2007

ESPINELAS DE OCTUBRE




El llanto que derramara
Y todo el llanto vertido
Será en la tierra medido
Con el fusil de Guevara
.


No se quedarán contigo.
Ni con tu voz. Los arrieros
Bajan por ti hasta los fueros
Donde impera el enemigo.
Van a rescatar el trigo
De tu bandera preclara
Y el fusil que te encargara
Tu América prisionera.
Van a borrar de La Higuera
El llanto que derramara.


Con tu canana encendida
Alumbrarás tiempos duros
Y estarás en nuestros muros
Viendo el rostro de la vida.
Vendrás a vengar la herida
Abierta donde has caído,
A colgar donde haya nido
Un bando llamando a guerra
Que alce al pobre de la tierra
Y todo el llanto vertido.


Hoy es negro, torvo vuelo
Lo que ronda tu bravura,
Pero en tu andina estatura
Crece el rumor y el desvelo
Del alba que busca un cielo
Para nacer. Cielo urgido
Del palomar que han traído
Tus manos, con las que todo:
La muerte, la flor y el lodo
Será en la tierra medido.


Al pie de tu voz, los bravos
Hemos abierto otro monte.
Queremos que el horizonte
No tenga cepos ni clavos.
Somos los runas esclavos,
Los del coágulo en la cara,
Los que ven la cuenta clara
Sin tener la luz, los parias,
Pero esta vez sin plegarias,
Con el fusil de Guevara.





Nos sonríes desde un arrabal
de sombras duras
Francisco Bendezú


La boina negra, no gris. En el reír
Mostraba un corazón puro y en calma,
Una estrella de amor rojo en el alma
Y una enorme alegría de vivir.
“Bienvenida la muerte si al morir
el arma que empuñé no queda sola”.
Dijo una vez, y lo grabó en la ola
Y en el silbo del ave embravecida.
Era un hombre al asalto de la vida
Con su barba, su tos y una pistola.




Cantemos un himno al héroe más bravo
de América india.
Leoncio Bueno

¿Y qué cantan los bardos trovadores
En este siglo de pólvora y metrallas?
Cantan los aires y las antiguallas
Que les exigen cantar los traidores.
Por eso traigo aquí, con mis tambores,
Tu mochila con lámparas, tu hoguera,
Tu coraje, tu ejemplo, tu bandera,
Y los pongo a cantar como es debido,
Como cantan los pájaros y el trigo
Cuando los pone a cantar la primavera.

martes, 2 de octubre de 2007

EL MITO DEL VERSO LIBRE



No existe el “verso libre”. La denominación “verso libre” tiene un carácter puramente didáctico. Ha sido creada para diferenciar este tipo de verso de aquel que está sujeto “a rima y a metro fijo y determinado”.
Hago la aclaración porque todavía hay quienes consideran que escribir en “verso libre” significa escribir de manera descuidada, sin sujeción a normas de preceptiva ni de estilo. Pienso, por el contrario, que el “verso libre” requiere de un profundo conocimiento de la preceptiva poética, además de mucho talento e intuición para volcar en él todas las posibilidades creativas del poeta. Es como cantar una canción sin la ayuda de algún instrumento musical. Como cantar a capela.
Sin rima y sin metro, el “verso libre” debe sostenerse sólo en el ritmo y el poder sugestivo de sus imágenes. El ritmo sin metro implica la tenencia –en el numen del poeta- de una música interna capaz de sojuzgar al lector. El creador de “verso libre” es un jazzman, un inventor de síncopas rítmicas ( y eso sólo lo hace quien conoce de rítmos a perfección).
Con frecuencia, la rima permite al poeta “redondear” el efecto “visual” y sonoro de una imagen:

Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola
Se deslizó en la paz de una aldea lejana,
Entre el manso rumor con que muere una ola
Y el tañer doloroso de una vieja campana.
(A. Valdelomar)

En el “verso libre” el poeta carece de un espacio definido para pintar sus imágenes; depende única y exclusivamente de su propia intuición. Es como un pintor con su paleta, sus colores y una escena…pero sin lienzo. El poeta de “verso libre” asume el reto de pintar en el aire:

Desiderio delle tue mani chiare
Nella penombra della fiamma:
Sapevano di rovere e di rose;
Di morte. Antico inverno.
(S. Quasimodo)


(Deseo de tus manos claras/ en la penumbra de la llama/ sabían de robles y de rosas; / de muerte. Invierno antiguo).

Muera, pues, el mito del “verso libre”.

POR EL OSCURO FUEGO DE LA POESÍA DE HOY

Pintura de Óscar Alarcón Prieto



Llegar a la comprensión de la poesía moderna tiene sus dificultades, ya que ella se expresa por medio de enigmas y misterios. Sin embargo, en el transcurso de muchos años no ha dejado de ser fecunda. Se la cultiva en Alemania desde Rilke; en Francia desde Apollinaire; en España desde García Lorca, en Italia desde Palazzechi y en los países anglosajones desde William B. Yeats.

En las obras de estos autores, el lector accede a una primera característica de la poesía moderna: su oscuridad. Oscuridad que le aturde y le atrae al mismo tiempo, aunque no acierte a comprenderla. Es una cierta tensión que se aproxima más a la inquietud que al reposo. Esta tensión es precisamente uno de los propósitos básicos del artista contemporáneo.

Por lo tanto, esta oscuridad es deliberada. Baudelaire afirmaba: hay cierta gloria en no ser comprendido; y para el alemán Godfried Benn el poeta debe consagrarse a “algo que merece que no se intente convencer de ello a nadie”. El italiano Montale fue más enfático aún: si el problema de la poesía consistiera en hacerse comprender, afirmaba, nadie escribiría versos.

Y es que la poesía moderna busca expresamente alejarse de la racionalidad y de la comprensión. Trata de que los poemas resulten autónomos, es decir objetos válidos en sí y para sí mismos. En su libro QUÉ ES LA LITERATURA Sartre, refiriéndose a un poema de Rimbaub, dice que el poeta no ha querido decir nada, sino que simplemente ha dicho. Y entiende que el poema no es una significación sino una substancia, es decir “un objeto estético cuya extrañeza procede de que nosotros nos colocamos, para considerarla, del otro lado de la condición humana, del lado de Dios”. El poeta moderno actúa pues sobre capas pre-racionales y trata por todos los medios los medios de descubrirle nuevas facetas a lo conceptual.

Esta tensión que el poeta crea en el lector la genera fusionando elementos contradictorios entre sí; por ejemplo rasgos de origen arcaico y mítico con elementos de intelectualismo, ciertas formas de expresión con la complicación de lo expresado, la rotundidad del lenguaje con la oscuridad del contenido, la simpleza de los motivos con los arrebatos estilísticos.

Cuando la poesía contemporánea se ocupa de la realidad – ya sea de las cosas o de l hombre – no lo hace de una manera descriptiva sino llevándola al mundo de los insólito, deformándola y convirtiéndola en algo extraño a nosotros. “En poesía – afirma Friederich – como en otros campos, el hombre se ha convertido en dictador de sí mismo, destruye su propio ser natural, se destierra a sí mismo del mundo y destierra a su vez a éste, únicamente para satisfacer sus ansias de libertad. Esta es la curiosa paradoja de la deshumanización”.

Es realmente una curiosa paradoja la que vive el hombre en la poesía de hoy, pues en sus propósitos de deshumanizarla exalta el valor supremo de la libertad, de su propia libertad, y se coloca en ello nuevamente como el centro de todo.

Pero para arribar a esta situación el poeta ha tenido que eludir los sentimientos y su necesidad de comunicarlos. Prescinde de la humanidad en el sentido tradicional de la palabra para convertirse en el extraño mago que, a través del idioma, transforma y evade lo real según le plazca. Este hecho no sugiere que el poeta sea ajeno a los sentimientos o que no pueda ni deba crear estados de ánimo en sus lectores. No. Este hecho se produce, por cierto, pero precisamente porque el poeta ha intentado evadirlo y al hacerlo modula sensaciones nuevas. Víctor Hugo expresó esto de manera magistral cuando luego de conocer la poesía de Baudelaire le escribió: “Usted ha creado un estremecimiento nuevo”.

En la poesía actual hay un dramatismo agresivo que trata de disolver la correspondencia o ecuación entre los signos y lo signado, es decir entre las palabras y el contenido. Como resultado de ellos el lector no se siente seguro sino alarmado, pues en todo este juego resulta siendo la víctima. El lenguaje poético siempre se ha distinguido del lenguaje coloquial, de nuestro lenguaje cotidiano; pero antiguamente se trataba de una diferencia relativa y gradual. Más con el advenimiento de poetas como Baudelaire, Apollinaire, Mallarmé, Arthur Rimbaub, Lorca y Guillén esta diferencia se convirtió en radical. Todo se trastoca, reina la oscuridad y el sinsentido, la sintaxis sufre cambios antes inconcebibles.

El procedimiento poético más antiguo, es decir la metáfora, es tratada de una forma nueva que evita el natural término de comparación para unir, a trueque del sacrificio de lo real, cosas que objetiva y lógicamente no pueden unirse. El contenido del poema pasa a ser entonces esta dramática tensión de fuerzas formales, ya interiores o exteriores. Pero como ese poema continúa siendo, a pesar de todo, lenguaje, aunque sea lenguaje sin propósito de comunicación, se llega a la paradójica consecuencia de que quién lo percibe se siente a la vez atraído y desorientado.

El lector se siente ante algo anormal o anómalo y con ello satisface al poeta que precisamente buscaba conseguir ese efecto de sorpresa y desconcierto. Pero sorprender y desconcertar tiene sus inconvenientes, porque para ellos hay que valerse de la anormalidad. Uno de los inconvenientes los padece el propio poeta, puesto casi siempre en los límites mismos de la neurosis y la locura; el otro inconveniente corre a cargo de la poesía, pies no falta quienes, mediante la impostura, juegan al desconcierto y la sorpresa, pretendiendo por ellos ser llamados poetas modernos.

Es por esa razón que la poesía moderna, lo mismo que el arte moderno en su conjunto, no puede atacarse ni defenderse a priori. Para adoptar un juicio valorativo ante una obra de arte moderno es necesario, de todos modos, apreciarlo mediante el conocimiento. Y el problema de nuestro tiempo es que carece de categorías cognoscitivas para abordar su estudio, aún cuando se acepta la dificultad y hasta la imposibilidad de su comprensión como una de sus características primordiales.

Por el momento, sin embargo, la poesía moderna se define por sus atributos negativos, por lo general referidos a la forma. Algunos de estos atributos son los que refirió Lautremont en 1870 cuando dijo que la literatura del porvenir sería “congojas, desorientaciones, indignidades, muecas, predominio de lo excepcional y de lo absurdo, oscuridad, fantasía desenfrenada, tenebroso afán, disgregación de los más antagónicos elementos, ansias de aniquilación”.

Otros escritores han definido la poesía moderna como “desorientación, disolución de lo corriente, sacrificio del orden, incoherencia, pragmatismo, reversibilidad, estilo en serie, poesía despoetizada, relámpagos destructores, choque brutal”. En 1932, Dámaso alonso decía: “De momento no hay más remedio que definir nuestro arte en términos negativos”.

jueves, 20 de septiembre de 2007

EL ÚLTIMO NOÉ DELIRANTE DE ARTURO CORCUERA

La poesía de Arturo Corcuera resume, en cierta forma, las diversas propuestas estéticas de su generación (la del 60), incluso las de Luis Hernández y Juan Ojeda, con su tinte de iconoclastia y desencanto, a partir del cual las promociones subsiguientes buscarían nuevos temas y tonos para la poesía peruana. Desde Primavera triunfante hasta este Noé que hoy comentamos, la poética de Corcuera pasa por diversos registros formales y de contenido.

Sus poemas son sobria y peculiarmente musicales. Las rimas, las asonancias, el verso libre, recobran su vitalidad gracias a una constante renovación del lenguaje poético. Es la búsqueda de una escritura breve y directa, sostenida en un universo verbal ajustado, con precisión y sin reiteraciones, a las necesidades emotivas y conceptuales del poeta. Por ello, la obra de Corcuera no ha perdido vigencia; por el contrario, con el paso del tiempo, acrecienta su poderío semántico y estético.

Hay libros que son como muros infranqueables para sus propios autores. ¿Qué sentiría, por ejemplo, Gabriel García Márquez cuando se sentó a escribir el libro posterior a Cien años de soledad, o Rulfo después de Pedro Páramo? Lo más probable es que se sintieran cual agotados picapedreros ante una montaña de piedra volcánica. El Noé delirante, a contrapelo de lo que piensa su autor, es uno de estos libros. Es una especie de turbión, pues congrega y resume a todos los anteriores. Inicia, por lo tanto, una nueva y difícil estación en el quehacer creativo de Corcuera.

En el Génesis, la Biblia nos cuenta la historia de Noé y el Arca. Es la historia de lo que los hombres pensamos de nosotros mismos: somos indignos del dios creador y debemos, en consecuencia, ser borrados de la tierra. Salvo algunos: los justos, esos que poseen una mancha de luz y no merecen la muerte. A ellos es necesario salvarlos. Salvarlos junto a sus animales, cuya naturaleza y destino está libre del pecado. Salvarlos de morir asfixiados, de morir oprimidos por el agua del dolor constante y la lluvia de los agravios. La historia de Noé y el Arca es la agonía y la redención de nuestras propias vidas individuales.

Corcuera, sin embargo, no sigue este derrotero tan trágico y sombrío. Lo deslíe, sin borrarlo del todo, para ofrecernos más bien un libro luminoso, lúdico y esperanzador. En el Arca de Corcuera ocurre una historia interna, el poeta se solaza contemplando y desentrañando la naturaleza de los animales y las plantas, cantándole al amor, jugando con las palabras, inventando historias fabulosas. Pero este Noé invisible, tácito, que canta y cuenta, en una silenciosa travesía, no es tan idílico y fantasmal como el bíblico; está hecho de carne y hueso, pertenece a un tiempo, a una época, tiene un tono, una estructura mental para enjuiciar las cosas y el universo. Navegamos con él hacia la redención –sugiere el poeta – sin necesidad de ocultar las falencias y las virtudes del mundo que nos acompaña.

Este Noe sube al arca no sólo seres vivientes, si no también una cultura, una historia. Propone navegar con lucidez y valentía para que cuando el arca repose en tierra seca, los hombres y las bestias podamos vivir en paz. En la primera parte de su libro, Corcuera no sólo celebra la inmolación de la pirausta en la luz, los afanes mágicos del gallo que se convierte en veleta, las cabalgatas del otoño en su caballo de madera, la varonía del viento, haciéndonos sentir la alegría de vivir y soñar, sino que además recorta su fauna en siluetas de palabras y, luego, como en un caleidoscopio, las dispone para metaforizar su circunstancia. El tiburón y la sardina, por ejemplo, simbolizan al imperio norteamericano y a Cuba, respectivamente; el dragón y el oso a China y Rusia, en los tiempos de la guerra fría, pero no en una verbalización maniquea ni elemental, si no en una construcción donde prevalece la eficacia del lenguaje y el logro de la imagen. Soy testigo de cómo el poeta, en cierto momento, intentó eliminar estos poemas, por su referencia a situaciones históricas ya superadas. Algunos amigos le sugerimos que no lo hiciera, pues ellos han demostrado que se mantienen frescos y vigentes al margen de los temas y del contexto en que fueron concebidos.

La segunda parte es la más intima y vital. Despliega todas las estrategias técnicas del poeta, reúne cuentos, adivinanzas, caligramas, sonetos, y aun poesía puramente visual. Se trata del propio universo del poeta, de este Noé vivo y cantante, seguro de su voz y su mensaje. El verso de Corcuera esgrime unos matices de color y una tonalidad inconfundibles. Todo en él es economía, precisión, acierto y, sobre todo, certidumbre de haber llegado al meollo de sus asuntos. Tiene el don de colocar las palabras en el orden preciso y necesario para poner a flor de página un sentimiento, una idea, una emoción. Todo sustentado en un espíritu veraz. Antes que un artífice de la palabra, Corcuera se reconoce como el propietario de un gran amor y una humana verdad por compartir.

Esta sinceridad del poeta, este poner la sangre en cada uno de sus escritos, llega a su escala más alta en el libro tercero, Inauguración del otoño, y en el poema final, titulado Mi antiguo y nuevo testamento. Hacen mal ciertos críticos cuando quieren ver sólo al Corcuera que arroja y recoge, con sutileza de mago, los naipes de las palabras. Hay en él un poeta esencialmente humano, un ser que intuye las dimensiones del desastre, un juglar que llega a la tragedia y es capaz de asordinar su laúd para cantarla. En este libro se oye trotar a la muerte en forma de un caballo blanco; las raíces de los árboles y los muertos abruman el insomnio de los hombres; la tierra se hace infinita en las manos de los amantes; los pianos ocultan tristemente unas sonrisas, el hombre es un huésped de la noche, y la tierra una casa abandonada. Todo ello expresado en un castellano limpio y directo. Un castellano amamantado en la generación del 27, en Machado, en Blas de Otero, en Cernuda, sin dejar de aludir a versos precisos y polisémicos, donde los buenos lectores reconocerán pronto las sombras de Li Po y de Matsuo Basho.

El poema que cierra el Noé delirante quedará, sin duda, entre los mejores de la poesía peruana del siglo XX. Testimonio, autorretrato, confesión de parte, arte poética, todo eso es este hermoso poema. Prevalecerá, estoy seguro, junto al Twilight de Francisco Bendezú, al Globb Trotter de Washington Delgado, al Nocturno de Vermont de César Calvo, al Tristitia de Valdelomar, y al Idilio muerto de nuestro inmortal Vallejo, textos que considero el sumun de la lírica peruana.

domingo, 19 de agosto de 2007

EN NOMBRE DE LOS CENTRÍCOLAS


A Óscar Pita

NUNCA ANTES había vivido en el centro de una ciudad. Ahora lo hago desde hace más de dos años, aquí en Trujillo, donde he recalado después de una prolongada estancia limeña, atraído por el clima primaveral, los parquecitos llenos de flores, el menú barato y sobre todo por la cercanía del mar, que como dijo Nicanor Parra del crepúsculo, es el único amigo que me queda.

El centro de una ciudad es ese pequeño espacio donde la gente realiza a diario todo tipo de transacciones y diligencias. Aquí en Trujillo, el centro es aparentemente todo lo que está dentro del círculo de la avenida España; digo aparentemente porque para mí el centro lo forman las calles que durante el día se convierten en colmenas y no las otras, las que viven en el relativo silencio de la periferia.

Vivo en la calle Junín, en el tercer piso de un edificio cuya puerta de ingreso, por el montón de letreros kitch colgados en ella, es como una pintura entre naif y surrealista, De día, esta parte del centro se parece al embrollo automotriz que relata Cortázar en Autopista del Sur, y de noche se convierte en la atalaya de otras historias que más adelante contaré.

Lo peor de todo son los choferes, hacen sonar sus bocinas por quítame estas pajas. La gente que viene de “afuera” soporta estos fragores porque al fin y al cabo su tránsito por aquí no es cotidiano ni permanente. Los “centrícolas” soportamos esos y otros ruidos infernales, nos tragamos el monóxido de los carros, y algunas veces veces, sin poder salir de nuestras casas, las bombas lacrimógenas que la policía lanza a los manifestantes cuando toman las calles del centro. A eso de la una, la gente almuerza y luego hace la siesta, lo cual es un momento de tregua que aprovecho para leer, darme una vuelta por la manzana o plagiar a los sesteadores. Pero pronto todo esto se rompe.

Existe una comparsa conformada por cuatro malandros y un parapléjico en silla de ruedas. Pasa una o dos veces por semana y por lo general en la tarde. Cada uno de los muchachos toca un instrumento de esos de bandas militares, mientras el parapléjico esboza una sonrisa de santo jubilado. Hacen un ruido de los mil demonios, pero la gente, llevada sin duda por un entreverado sentimiento de masoquismo y conmiseración, les regala unas monedas. Recorren todo el centro, sonríen y conversan muy animosos, felices de haber encontrado un parapléjico que les funciona como la “gallina de los huevos de oro”. Al alcalde, que hace poco dictó un bando prohibiendo a los vecinos tener gallos en sus corrales, para evitar el “ruido molesto” de sus cantos, este bullicioso gallinero ambulante lo tiene sin cuidado.

Los crepúsculos en el centro son monótonos, los transeúntes caminan más rápido y a eso de las siete de la noche se vuelve a armar el zafarrancho de los carros. Una claque más pequeña se prepara, sin embargo, para invadir el centro: los clientes de los chifas, los ludópatas, los emolienteros, los solitarios, los recicladores, los barrenderos, los maricones y las putas callejeras, cada cual en su horario correspondiente. Sólo tengo cariño por los barrenderos, pues traen a mi memoria una oda de Pablo Neruda, y a los emolienteros que se han vuelto mis aliados desde que los médicos me extirparon la vesícula. Los “chiferos” se caracterizan por su alborozo mientras comen y conversan a la luz de los neones y las gigantografías con mandarines chinos o paisajes sumergidos en la niebla. Su horario: entre las siete y once de la noche. Los ludópatas son una manga de idiotas que ignoran la ley de las probabilidades y se han hecho al señuelo de enriquecerse por un golpe del azar. Entran y salen de los tragamonedas durante todo el día, en especial de noche y de madrugada.

Las putas callejeras son de dos tipos: las sedentarias de la Plazuela Iquitos y las nómadas que se desplazan de una calle a otra, desde que cae la tarde hasta el amanecer. Los recicladores son silenciosos, pasan con sus triciclos buscando en las bolsas de basura o recogiendo las “sobras” de los restaurantes. Trabajan hasta muy entrada la noche, aspirando con una calma zen las pestilentes emanaciones de sus baldes con comida malograda. A los solitarios se les reconoce por el aire melancólico; caminan siempre por los mismos lugares de la ciudad sin importarles la hora ni la sombra de ahorcados que proyectan cuando pasan por debajo de los faroles.

Los maricones son un asunto aparte. No son muchos, pero son. Llegan cuando todavía hay movimiento y se instalan justo en la esquina donde comienza mi calle. Visten minifaldas y blusitas brevísimas, mostrando unos senos, vientres y caderas que harían la envidia de cualquier muchachita común y corriente. Todo el mundo los mira y sonríe. Les importa un bledo. Llegan solos, pero al final se agrupan de dos en dos o de tres en tres; se llaman por sus nombres de mujeres, ríen escandalosamente y conversan como cotorras. Parecen inofensivos, pero en cuanto avanza la noche se transforman. Los observo desde mi ventana, por supuesto con la luz apagada. Cuando las calles quedan solitarias y la luz artificial alumbra con débil proyección, se desnudan todo cuanto pueden y se cubren luego con un sobretodo que abren y cierran para mostrar “la merca” a sus clientes. Los primeros son los taxistas; los más ansiosos abren sus puertas y ahí nomás, al amparo de la oscuridad, disfrutan de una fellatio o de un sobresaltado coito anal. No faltan los pitucos; llegan en sus camionetas con lunas polarizadas y se los “levantan” rumbo a sus nidos de amor; tampoco falta el serranito que paga por un “mameluco al paso” mientras el marica, aprovechando de su embeleso, con un diestro movimiento de manos, bolsiquea sus arrugados pantalones. A la muerte de un obispo les hace batida el serenazgo; se arma entonces la gritería, los resondros y las fugas desesperadas. Se quitan los zapatos de tacones, olvidan sus disfuerzos feminoides y corren como cualquier atleta en la prueba de los cien metros planos. Algunas veces les va peor. Una noche, se detuvo un carro frente a mi casa y oí unas voces altisonantes: cuando me asomé, ya el carro había partido y un desamparado maricón lloraba calato y tendido en mitad de la pista. Le habían cortado sus nalgas de silicona. Ignoro qué sería de su suerte. Nunca los encuentra el alba, es como si fueran una estrafalaria invención de la noche.
Por donde se le mire, vivir en el centro es una Caja de Pandora. Aquí no se pueden hacer las cosas que se hacen en el barrio. Por ejemplo, no se puede salir a la calle con la ropa de casa, pues la gente para “venir al centro” se viste con un cierto cuidado. En el barrio uno se sienta a charlar con el vecino o a leer el periódico en la puerta de su casa; aquí no, todo es algazara, bocinazos, veredas atiborradas y tratos impersonales. En el barrio, la quietud ocurre durante el día; de noche, se ven las luces de las casas encendidas, y en las veredas a los padres jugando con sus pequeños. En el centro ocurre lo contrario: el tráfago es diurno y por la noche las tiendas apagan sus luces, los tenderos se marchan a sus hogares, las calles quedan convertidas en basurales y no hay más remedio que refugiarse en la tele o ponerse a observar el paso de los perros callejeros bajo la luz de la luna.

Y como aquí se vende de todo, los “centrícolas” corremos además el riesgo de convertirnos en compradores compulsivos o frustrados. Estamos invadidos de escaparates y mercancías, de ofertas y tentaciones publicitarias por todas partes. A veces, la nostalgia por un mundo más humano me regresa a un parquecito de la urbanización Rázuri donde viví años atrás. Allí, en apacibles tardes, me deleitaba viendo a los niños jugar a la pelota o manejando por primera vez sus bicicletas, bajo las muy felices y atentas miradas de sus papás.

TRES CUENTOS BREVES


PEDAGOGÍA DEL OLVIDO

Al otro lado del espejo, en los territorios de Alicia, donde las cosas ocurren al revés, los estudiantes acuden a las escuelas para olvidar. En los primeros años, los maestros les enseñan a olvidar el abecedario y los conocimientos elementales. En la enseñanza media, se trata de olvidar algunas materias como las matemáticas, la geografía y la historia. En la universidad, el estudiante es minuciosamente preparado para la especialización del olvido. El olvido, por ejemplo, de la arquitectura, del derecho, de la medicina, etc. Sólo quienes consiguen el olvido absoluto se hacen merecedores de un título a nombre de la nación, lo cual será fuente de sus desdichas, pues allí, en esa tierra de paradojas, el olvido es la sabiduría y la desdicha la felicidad. Y ésta, por ser la más alta expresión de la vida, deberá conducirlos inevitablemente a la muerte. Pero (como bien supone el lector) la muerte es su nacimiento, y éste, otra vez todo el cúmulo de sabiduría que están condenados a olvidar.

LA TORTUGA DE AQUILES

Cuando la tortuga se enteró de que Aquiles jamás la alcanzaría, se sintió el animal más veloz de la tierra. Para divulgarlo y hacer que los demás animales le reconozcan ese privilegio, decidió visitarlos, uno por uno, en su propio habitat. Sólo llegar a la cueva de su vecino más cercano, el león, le demandó tres meses con veintisiete días. Así las cosas – pensó la tortuga – me pasaré la vida caminando y no todos llegarán a saber que soy el animal más veloz de la tierra.
Agobiada por tan lúgubres pensamientos, abandonó sus delirios de tortuga afamada y se echó a dormir a la sombra de una piedra.

CAMBIO DE LUNA

El poeta chino Li Tai Po, ebrio de vino y sobre una barca, murió ahogado cuando pretendía abrazar la luna reflejada en las aguas del Río Amarillo.
La luna, enterada del trágico acontecimiento, compungida, solicitó a los dioses convertirse, para siempre, en su propio reflejo. Así, la verdadera luna sería la que había abrazado el poeta sobre el agua. Los dioses, conmovidos, satisficieron el ruego.
Li Tai Po vive, pues, en las aguas del Río Amarillo, y ha sembrado un viñedo en la luna verdadera.

sábado, 18 de agosto de 2007

EL INVISIBLE PÁJARO DE LOS ECOS



A Ángel Gavidia, para que sepa que no soy su amigo en vano.

Un gorrión solía cantar en un tuple. Un día llegó una bandada de pájaros y le dijo que su canto era feo, que mejor se callara.


— Tu canto suena como una rama quebrada. En tu garganta vive un ganso.


Así le dijeron con un torvo aire de inquisidores y se fueron volando.


El pobre gorrión entristeció. Desde entonces, la luna le parecía un ojo siniestro y el sol un girasol malvado. Pero como le era imposible dejar de cantar, se fue hasta una piedra grande, en las afueras del pueblo, y ahí, en un huequito que había debajo de ella, silbó. Silbó hasta quedarse extenuado.


Al día siguiente, en todo el pueblo se escuchó una hermosa mezcla de canto de pájaro y de piedra.


— ¿De quién será ese canto?


Así se preguntaban, aturdidos y alborotados, los enemigos del gorrión.


Otro día se oyó una mezcla de canto de pájaro y laguna; otro, de canto de pájaro y ribera y, en los otros que vinieron, el canto tenía el aire de los tabancos, de los cerros y hasta el silencio de las chozas solitarias.


— ¿Quién será?, ¿Quién será? — se intrigaban los inquisidores.


Uno de ellos, la oscura urraca, no soportó más y con tono solemne pronunció:


— Admitamos; el canto es bello.


— Sí, pero… ¿De quién se trata?


Como no lo sabían, decidieron llamarlo El Invisible Pájaro de los Ecos, pues eran ecos los que se oían y nada más. Mientras tanto el gorrión callaba sobre el tuple. Desde que lo habían conminado a no cantar, veíanlo silencioso, con las alas plegadas y el aire fúnebre.


Para compensarlo en algo, lo invitarían a participar en la construcción de un majestuoso templo en honor al Invisible Pájaro de los Ecos.


— No, no iré — dijo con voz cenicienta, pero firme, el gorrión.


— ¡Ateo!
— ¡Sacrílego!
— ¡Irreverente!


Todo esto le dijeron y se fueron volando.


Levantaron el templo en un quiñawiro altísimo, de grandes hojas verdes. Era realmente fastuoso. Ahí entonaban sus cantos y hacían sus zalemas. Por esos días los ecos eran más hermosos que nunca: canto de pájaro y rumor de sauce, canto de pájaro y flauta de pastor, canto de pájaro y olas de mar.


Los inquisidores llegaban al arrebato místico.

Pero una tarde, sin que nadie lo supiera, el gorrión murió. Y como los pájaros van a morir al cielo, al día siguiente el eco fue de pájaro y de cielo. Y como el cielo es limpio, el eco ya no era tal sino, nítido, el canto del gorrión. ¡Qué música, qué escarcha de viento y resplandor de manzanas!
Los pájaros inquisidores se miraron confundidos entre sí; al instante reconocieron la procedencia de ese canto y, avergonzados, se fueron volando al tuple.


Ni sombra del gorrión. Sólo el vaho de la muerte.

— Era él — graznó la cacatúa.