domingo, 19 de agosto de 2007

TRES CUENTOS BREVES


PEDAGOGÍA DEL OLVIDO

Al otro lado del espejo, en los territorios de Alicia, donde las cosas ocurren al revés, los estudiantes acuden a las escuelas para olvidar. En los primeros años, los maestros les enseñan a olvidar el abecedario y los conocimientos elementales. En la enseñanza media, se trata de olvidar algunas materias como las matemáticas, la geografía y la historia. En la universidad, el estudiante es minuciosamente preparado para la especialización del olvido. El olvido, por ejemplo, de la arquitectura, del derecho, de la medicina, etc. Sólo quienes consiguen el olvido absoluto se hacen merecedores de un título a nombre de la nación, lo cual será fuente de sus desdichas, pues allí, en esa tierra de paradojas, el olvido es la sabiduría y la desdicha la felicidad. Y ésta, por ser la más alta expresión de la vida, deberá conducirlos inevitablemente a la muerte. Pero (como bien supone el lector) la muerte es su nacimiento, y éste, otra vez todo el cúmulo de sabiduría que están condenados a olvidar.

LA TORTUGA DE AQUILES

Cuando la tortuga se enteró de que Aquiles jamás la alcanzaría, se sintió el animal más veloz de la tierra. Para divulgarlo y hacer que los demás animales le reconozcan ese privilegio, decidió visitarlos, uno por uno, en su propio habitat. Sólo llegar a la cueva de su vecino más cercano, el león, le demandó tres meses con veintisiete días. Así las cosas – pensó la tortuga – me pasaré la vida caminando y no todos llegarán a saber que soy el animal más veloz de la tierra.
Agobiada por tan lúgubres pensamientos, abandonó sus delirios de tortuga afamada y se echó a dormir a la sombra de una piedra.

CAMBIO DE LUNA

El poeta chino Li Tai Po, ebrio de vino y sobre una barca, murió ahogado cuando pretendía abrazar la luna reflejada en las aguas del Río Amarillo.
La luna, enterada del trágico acontecimiento, compungida, solicitó a los dioses convertirse, para siempre, en su propio reflejo. Así, la verdadera luna sería la que había abrazado el poeta sobre el agua. Los dioses, conmovidos, satisficieron el ruego.
Li Tai Po vive, pues, en las aguas del Río Amarillo, y ha sembrado un viñedo en la luna verdadera.

sábado, 18 de agosto de 2007

EL INVISIBLE PÁJARO DE LOS ECOS



A Ángel Gavidia, para que sepa que no soy su amigo en vano.

Un gorrión solía cantar en un tuple. Un día llegó una bandada de pájaros y le dijo que su canto era feo, que mejor se callara.


— Tu canto suena como una rama quebrada. En tu garganta vive un ganso.


Así le dijeron con un torvo aire de inquisidores y se fueron volando.


El pobre gorrión entristeció. Desde entonces, la luna le parecía un ojo siniestro y el sol un girasol malvado. Pero como le era imposible dejar de cantar, se fue hasta una piedra grande, en las afueras del pueblo, y ahí, en un huequito que había debajo de ella, silbó. Silbó hasta quedarse extenuado.


Al día siguiente, en todo el pueblo se escuchó una hermosa mezcla de canto de pájaro y de piedra.


— ¿De quién será ese canto?


Así se preguntaban, aturdidos y alborotados, los enemigos del gorrión.


Otro día se oyó una mezcla de canto de pájaro y laguna; otro, de canto de pájaro y ribera y, en los otros que vinieron, el canto tenía el aire de los tabancos, de los cerros y hasta el silencio de las chozas solitarias.


— ¿Quién será?, ¿Quién será? — se intrigaban los inquisidores.


Uno de ellos, la oscura urraca, no soportó más y con tono solemne pronunció:


— Admitamos; el canto es bello.


— Sí, pero… ¿De quién se trata?


Como no lo sabían, decidieron llamarlo El Invisible Pájaro de los Ecos, pues eran ecos los que se oían y nada más. Mientras tanto el gorrión callaba sobre el tuple. Desde que lo habían conminado a no cantar, veíanlo silencioso, con las alas plegadas y el aire fúnebre.


Para compensarlo en algo, lo invitarían a participar en la construcción de un majestuoso templo en honor al Invisible Pájaro de los Ecos.


— No, no iré — dijo con voz cenicienta, pero firme, el gorrión.


— ¡Ateo!
— ¡Sacrílego!
— ¡Irreverente!


Todo esto le dijeron y se fueron volando.


Levantaron el templo en un quiñawiro altísimo, de grandes hojas verdes. Era realmente fastuoso. Ahí entonaban sus cantos y hacían sus zalemas. Por esos días los ecos eran más hermosos que nunca: canto de pájaro y rumor de sauce, canto de pájaro y flauta de pastor, canto de pájaro y olas de mar.


Los inquisidores llegaban al arrebato místico.

Pero una tarde, sin que nadie lo supiera, el gorrión murió. Y como los pájaros van a morir al cielo, al día siguiente el eco fue de pájaro y de cielo. Y como el cielo es limpio, el eco ya no era tal sino, nítido, el canto del gorrión. ¡Qué música, qué escarcha de viento y resplandor de manzanas!
Los pájaros inquisidores se miraron confundidos entre sí; al instante reconocieron la procedencia de ese canto y, avergonzados, se fueron volando al tuple.


Ni sombra del gorrión. Sólo el vaho de la muerte.

— Era él — graznó la cacatúa.

martes, 7 de agosto de 2007

LUIS VALLE GOYCOCHEA: DE LA SOMBRA A LA LUZ

Me noticié por primera vez de la vida y obra del poeta liberteño Luis Valle Goycochea en Chosica, allá por el año 1967, gracias a mi maestro el poeta Víctor Mazzi Trujillo. Mazzi lo había conocido personalmente, y se complacía en contarnos a sus contertulios algunas anécdotas del “curita” Valle. Lo llamaban así sus más íntimos amigos, pues pertenecía a la congregación religiosa de los franciscanos. Una de las anécdotas más divertidas lo pintaba escapándose del convento, luego de sus recoletas actividades cotidianas, para pasar la noche con sus amigos bohemios al amparo de un buen vino. Me causaba hilaridad imaginarlo haciendo malabares de fuga en alguna ventana o claraboya del convento, mientras los otros monjes seguramente dormían o rezaban.

Mazzi lo quería mucho y lo recordaba siempre. Lo describía como un hombre esencialmente melancólico y reconcentrado, una especie de niño rural perdido en la barahúnda de Lima, saturado de extrañas angustias y acosado por una vocación bifronte que lo hacía oscilar entre la vida monástica y la literatura. Valle había nacido en 19ll (aunque algunos autores fechan su nacimiento en 1909 o 1910) y murió en Lima el 13 de agosto de 1953, atropellado, según Edmundo de los Ríos, “por un irresponsable conductor que lo dejó malherido y huyó sin socorrerlo”. Ciro Alegría, sin embargo, en uno de sus varios artículos sobre el poeta, a quien lo unía una fraterna amistad, sugiere que Valle Goycochea probablemente se suicidó. “He tenido la impresión – escribe –de que se evadió de un mundo que no respondía a su armonioso ideal de vida y belleza.”

Junto con retazos de su vida, conocí también la poesía y algunos textos narrativos de Valle Goycochea. Aún recuerdo la gratísima emoción que me dejaron Las canciones de Rinono y Papagil y El sábado y la casa, sus libros más conocidos y celebrados hasta hoy. Recuerdo esa emoción porque la experimento pocas veces. Es la de la palabra sencilla contrariando las preceptivas y las convenciones literarias; cuidadosa de sí misma, sabedora de su carga de sugestiones, pletórica de verdad y deseosa de ser el fiel reflejo de un mundo raigal y entrañable que el poeta se niega a desvirtuar. Los poemas de Valle Goycochea son como sutiles garfios, con ellos se aferra a un universo arcádico frente a lo hostil e incomprensible del mundo real. Expresan el rechazo a un orden inhumano, a una realidad lacerante. El tiempo, para este hiperestésico poeta, se traduce en ausencia, deterioro, soledad y muerte. Y por eso se embarca en la palabra y rema ansioso hacia su propia infancia, al rescate de la inocencia perdida.
Sin embargo, Valle no es un poeta artesanal o literariamente ingenuo. No. Desde muy joven era ya un lector depurado y un creador cuidadoso. Ciro Alegría, en sus notas autobiográficas, recuerda que alrededor de 1928 “Valle Goycochea mostraba mucho apego a la preceptiva, aunque notábase que le hacía doler. Era como si se aplicara a sí mismo la regla de que la letra con sangre entra. Resultaba un condenado a galeras de metro y rima”. Una buena cantidad de sus primeros poemas, desechados luego por propia voluntad o consejo de algunos amigos, eran ceñidos romances y sonetos. Su estilo llano y coloquial, fue, por lo tanto, el resultado de una elección seriamente pensada y no, como creen algunos, el fruto en agraz de un escritor técnicamente desaprensivo. Valle perteneció al grupo de los “poetas nativistas” cuya característica fue esa controvertida, pero sencilla, manera de expresarse. Su poesía recupera una de las propuestas abiertas por el propio Vallejo en Los heraldos negros, se concilia en algún punto con la gama poética de Eguren, retoma el sabor pueblerino de Valdelomar y opta por un camino propio. En su Panorama de 1938, Estuardo Núñez enjuicia la obra de Valle Goycochea y de Alberto Guillén en los siguientes términos: “Pero, si ambos se apartan de las formas ya trilladas del romance hispánico, incurren, en cambio, dentro de su simplicidad para recoger la ingenua impresión lugareña, en cierto alejamiento del campo estrictamente poético. Sus poemas se aproximan sensiblemente a la prosa. La carga de su emoción se diluye en largos circunloquios descriptivos o enumerativos.” Como se ve, el buen maestro sanmarquino no logró categorizar en su momento los aciertos y desaciertos del poeta.

Un error frecuente en la valoración de Valle Goycochea es considerarlo como un “poeta para niños”, como sucede con Eguren. Es un error porque él no escribió su obra premeditando a los niños como destinatarios. Los temas, el tono, el aire de sus composiciones responden a hondas necesidades expresivas, a impulsos estrictamente subjetivos del poeta. Cualquier niño, adecuadamente cultivado, puede por cierto disfrutar de sus poemas, pero hacen mal los profesores y críticos calificando a Valle como un “poeta infantil”, pues tal criterio desvirtúa la esencia y el sentido de su obra. Valle escribió para todos, sin recetas, sin didactismo, con el único objeto de ofrecer el atribulado testimonio de un hombre de su tiempo. Por esta razón, la importancia de su obra, lejos de diluirse con el tiempo, se mantiene y acrecienta. En 1973, el maestro Alberto Escobar lo consignó en su ya clásica Antología de la poesía peruana editada por PEISA; en 1974 el INC publicó su Obra poética; y Ricardo Gonzáles Vigil lo ha considerado en un lugar de privilegio en su Poesía peruana del siglo XX, editada por Petroperú el año 2000.

Valle Goycochea fue, con todas sus limitaciones, un escritor de genuina vocación literaria. Junto con los escritores más importantes de su generación (los hermanos Peña Barrenechea, Luis Fabio Xammar, José Varallanos, Ciro Alegría, José María Arguedas, César Vallejo y el propio Eguren, entre otros) participó activamente en el desarrollo y modernización de la literatura peruana. El sendero estilístico de Valle Goycochea y de quienes lo acompañaron en su propuesta, explica y fundamenta, hoy mismo, la poesía “coloquial” de poetas como Efraín Miranda, el primer Marco Martos, Francisco Carrillo, Eleodoro Vargas Vicuña, y otros del interior del país. como el liberteño Angel Gavidia y el piurano José María Gahona.

Valle Goycochea murió de noche y atropellado por un carro. Y como Scorza y Heraud, anunció también su propia muerte. En Parva, ese maravilloso librito de poemas en prosa, publicado en 1938, incluyó uno titulado Biografía de la muerte, donde escribió: La muerte llegó de la noche y volvió a la noche y sigue girando por la vida: va de la luz a la sombra y de la sombra a la luz.


domingo, 29 de julio de 2007

Dos cuentos breves

LA HORA

De pronto, la vieja Anastasia Flores repara en que no está escogiendo el arroz sino contándolo. Se ha detenido en el número dos mil ochocientos veintiuno. “Es tarde”, dice sin decirlo, recordando que unos momentos antes la luna estaba arriba alumbrando su soledad. Sigue escogiendo, pero no escoge sino que cuenta. Los números le salen de la boca imperiosos, como ajenos a su propia voluntad.
Las llamas de la leña de su cocina crecen hasta casi tocarla. No hace caso y sigue escogiendo, mejor dicho contando los granitos de arroz. Las llamas aclaran una sonrisa torpe en su cara plagada de minuciosas arrugas. La vieja recuerda que cuando niña, luego de las comidas y al resplandor tembloroso de un achón, la voz ahuecada de su abuelo les decía:
—Así es con los malos... En el infierno, el demonio les hace contar arena o montoncitos de arroz, grano por grano.



EL ZAPATO

El domingo pasado, Luis Eduardo García despertó como de costumbre, a las nueve y treinta de la mañana. Jaló los zapatos para ponérselos, pero algo imperioso lo detuvo a mirarlos como suele hacerse con los zapatos recién comprados. Uno de ellos, el derecho,... comenzaba a crecer. Incrédulo, se fregó los ojos y se burló para adentro de sus propias fantasías. Cuando volvió a mirarlos, el zapato que crecía había ya doblado en tamaño a su par. García lo levantó a la altura de su cara, y oyó los peculiares ruidos de un zapato en expansión. Lo soltó, y recostado en la pared de su cuarto se puso a contemplar cómo el zapato se iba haciendo más y más grande. Cuando éste tropezó con la puerta, su crecimiento tomó un rumbo vertical y otro horizontal. Minutos después, saturó el cuarto, rompió los vidrios de la ventana y empezó a crecer con desenfado por las otras paredes de la casa. García sintió nublársele los ojos y cayó sobre el cuero del piso, desmayado.
Hoy ha despertado en su cama del hospital. Es una tarde sombría, y las enfermeras y médicos se desplazan apresurados consultando a cada momento sus relojes. García siente en el aire un olor a cuero recién lustrado que le resulta familiar. Levanta el cuerpo sobre su cama y atisba casi con miedo por la ventana: el cielo es una gigantesca bóveda de cuero, y la luz que penetra por lo que sin duda son los ojalillos del zapato, ofrece a sus ojos un asombroso simulacro de estrellas.

miércoles, 25 de julio de 2007

¿ES TRUJILLO UNA CIUDAD LITERARIA?


Amigos, la que sigue fue mi participación en la Primera Feria del Libro de Trujillo. La publico mucho tiempo después porque considero que sus presupuestos siguen vigentes. Espero sus comentarios. (AA)



Quiero en primer lugar confesarles, muy cordialmente, que los títulos de la mayoría de las conferencias y mesas redondas de esta Primera Feria del Libro de Trujillo, eluden los problemas más sustanciales del proceso cultural de una región tan vasta y significativa como La Libertad. Ojalá que en las futuras versiones de esta Feria, sus organizadores tengan en cuenta esta pequeña observación y logren superarla. Al público, estoy seguro, le hubiera gustado asistir a conferencias o mesas redondas donde se exponga o debata por ejemplo problemas como la ley del libro, las relaciones entre literatura y sociedad trujillana, el rol de la Universidad en el desarrollo y promoción de una cultura regional o tal vez sobre las relaciones entre el periodismo y los artistas de esta ciudad. Es una pena que esta Feria haya puesto su mira más bien en temas neutros, adjetivos y subsidiarios. Debo aclarar sin embargo, que muchos de los distinguidos invitados han sabido capear este temporal inventando inteligentes y entretenidas participaciones. No sé si la mía pueda ser inteligente y entretenida, pero ante lo desconcertante de la pregunta, ¿es trujillo una ciudad literaria?, trataré también de inventar algo para justificar mi presencia en esta noche.

Haciendo un pequeño esfuerzo no resulta descabellado retomar un asunto antiguo y nuevo a la vez: el problema del centralismo y su relación con las otras regiones del país. Este viejo problema continúa vigente hasta hoy, pues “las aspiraciones regionalistas no constituyen un programa concreto” (Mariátegui), no se han propuesto la creación de espacios democráticos y reivindicativos de lo popular. Se sigue manipulando el tema desde posiciones conservadoras y aristocráticas, ligadas más bien a los grupos de poder capitalinos. Mientras los empresarios, los políticos de oficio y los intelectuales y promotores de la región no piensen y actúen en cómo romper definitivamente las trabas, sobre todo económicas y políticas, con el centralismo limeño, vamos a demorar también por mucho más tiempo eso que Adriana Doig ha puesto en la presentación de este tríptico: lograr...“una mejor comprensión de nuestra época y de la responsabilidad por el espacio vital que compartimos”. Comentábamos hace un par de noches con un grupo de amigos que la realización de una Feria del Libro DE Trujillo (no EN trujillo) sería técnicamente imposible, pues la ciudad, como las otras del interior del país, no tiene editoriales y cuenta probablemente sólo con unos cien metros cuadrados de librería, lo cual es una miseria por decir lo menos. No podemos, y no vamos a poder por mucho tiempo, desligarnos todavía de Lima para dar realce a nuestras actividades, en todo orden de cosas. Necesitamos superar una enorme cantidad de dificultades, necesitamos que los promotores culturales con capacidad de convocatoria y logística trabajen sostenidamente en la creación y promoción de espacios propios, que los empresarios apuesten por los hombres y mujeres que constituyen la reserva de artistas y creadores de esta región, que los poetas y narradores que trabajen a dedicación exclusiva, con la pasión orgiástica que demanda la hechura de una obra literaria seria y no a salto de mata, dejándose avasallar por la frustración y el desencanto.

Como se sabe, este no es un fenómeno privativo entre Trujillo y Lima. Ocurre en todas las otras regiones del interior del país. Si yo les preguntara a muchos de ustedes quién es, en el mundo de las letras nacionales, Samuel Cardich, Germán Lecquerica, Virginia Roca, Stanley Vega, Gabriel Garay, Manuel Baquerizo, Angel Avendaño o Luis Nieto Degregori, me responderían seguramente que se trata de ilustres desconocidos. Y con toda razón. Son ilustres desconocidos porque no escriben o actúan desde la capital, ese centro nervioso donde se cocinan los prestigios literarios y se reparten las buenas famas entre los presentes. Hace poco mi buen amigo Ricardo Gonzáles Vigil ha publicado en dos tomos su Antología de la Poesía Peruana del siglo XX, que en realidad debió llamarse Antología de la Poesía Limeña del siglo XX, pues el 60 % de los antologados son limeños de nacimiento y el 39 % provincianos radicados en Lima. De los diez poetas de La libertad, solamente Santiago Aguilar y Lizardo Cruzado, si no me equivoco, viven en Trujillo.

Trujillo ha tenido un momento cumbre en la vida literaria del país, allá por el año de l914, con el surgimiento del grupo Norte, cuyo mayor gonfalonero fue el poeta universal César Vallejo. Pero ha tenido también un momento terrible cuyos negativos influjos se perciben hasta hoy en los diferentes campos de la actividad humana de esta ciudad, me refiero a la frustrada revolución aprista de 1932, a partir de la cual se construyó paulatinamente una cúpula partidaria intolerante, soterradamente antidemocrática y antipopular, y que en alianza con lo menos rescatable de nuestra burguesía nacional, impide hoy mismo el avance económico, político, social y cultural de esta región. Por eso en esta Feria está presente, no podía dejar de estarlo, el Instituto Víctor Raúl Haya de la Torre, pero no el Instituto de Estudios Vallejianos, y en todo caso se nos debe una explicación de su no presencia en esta cita cultural. César Vallejo, me da pena decirlo, es una espina demasiado grande para los malos trujillanos. Nunca le perdonarán su militancia marxista, su abierta ruptura con el APRA, su fe en un Perú liberado del oprobio; su lucidez, su poesía raigal y su prosa valiente y esclarecedora. Nunca le perdonarán su pertinaz memoria y su vigencia y, como ha recordado Eduardo Gonzáles Viaña en un excelente artículo periodístico, si a Vallejo se le ocurriera corporizarse hoy, mañana estaría preso en la cárcel del Milagro porque aquí, en su tierra, sigue vigente una orden de captura contra él. Las furias del neoliberalismo caen inclementes sobre su nombre todos los días. Hace apenas unas semanas, en un dominical de La República, un periodista de cuyo nombre no quiero acordarme, escribió una larga crónica para calificar a Vallejo de estafador, proxeneta y ocioso. Ningún escritor peruano ni trujillano ha salido en su defensa. En octubre del año pasado, la Municipalidad de Trujillo auspició a un conferenciante cuyo malabarismo consistía en demostrar lo inútil de la poesía de Vallejo, que el poeta había tenido un hijo con una amante de su padre y que la palabra TRILCE provenía de unos poemas inéditos que obraban en su poder, todo lo cual resultó por cierto una retahíla de adefesios y supercherías. El diario La Industria, en su página cultural, precedió esta conferencia con unos avisos algo extraños donde se sugería a un César Vallejo homosexual. Yo escribí indignado un artículo, lo llevé a la Industria, y como era previsible no salió. Cada vez que se pronuncia aquí en Trujillo el nombre de Vallejo, es sólo para tratar de mancharlo, adulterarlo, mutilarlo, destruirlo. En esta Feria, a fin de remediar en algo tan triste situación, debió ponerse en alto y con unción el nombre de Vallejo, o bien presidirla con el famoso retrato a mano alzada de Picasso, pero esto, como ustedes ven, tampoco ha sido posible. Le seguimos pegando con un palo y duro, muy duro. Así como Florencia desterró a Dante Alligheri, Trujillo ha desterrado también a su más grande y noble poeta, ojalá no para siempre. Aquí nada rememora debidamente a Vallejo. Recuerdo haber visto alguna vez, no sé en qué parte, pues no soy trujillano, un busto del poeta, cagado por los pájaros y abandonado a su suerte, como un símbolo más bien del vituperio.

No olvidemos que el grupo NORTE, conformado por jóvenes brillantes como Antenor Orrego, José Eulogio Garrido, Alcides Spelucín, Macedonio de la Torre, Oscar Imaña, y el propio Víctor Raúl Haya de la Torre, a quienes se unirían posteriormente Juan Espejo Asturrizaga y Ciro Alegría, no era como algunos ingenuamente creen un grupo de jóvenes apristas. El APRA es posterior, se funda en Méjico el año 24 y en el Perú mucho más tarde, en septiembre de l931. El grupo Norte es valioso más bien porque capta magistralmente los renovadores influjos del socialismo internacional de su época expresados en la revolución rusa, las secuelas de la revolución mejicana de l9l0 y más tarde la conquista obrera de las ocho horas de trabajo y la Reforma universitaria de Córdoba. Capta también, como una poderosa antena, las nuevas corrientes artísticas y reconoce en el indigenismo una vigorosa corriente de expresión nacional. Los dos más grandes escritores de este grupo, Vallejo y Ciro Alegría, rompieron con el APRA y reconocieron en el socialismo el único destino posible para la humanidad.

Después del Grupo Norte, Trujillo guarda un prolongado receso literario, en cuanto a figuras representativas se refiere. Imagínense ustedes si el APRA, asumiendo un rol genuinamente revolucionario, hubiese continuado la obra cultural de Mariátegui, cuán enorme hubiera sido el protagonismo intelectual y artístico de esta ciudad a partir de l932, teniendo en cuenta el heroísmo mostrado por el pueblo trujillano. Ocurrió sin embargo lo contrario. Apenas encontramos allá por los años 40, abandonada en una Lima friolenta y hosca, la triste figura de un gran poeta liberteño, Luis Valle Goycochea, el autor de Las Canciones de Rinono y Papagil, que son un dechado de ternura, de belleza y humanidad. Por esa misma época insurge, no en Trujillo sino en Lima, y más tarde en el extranjero, donde hizo un prolongado autoexilio, el gran novelista Ciro Alegría, pero aquí en la misma ciudad de Trujillo, son años prácticamente infecundos: ninguna gran figura, ningún nombre importante para continuar el magisterio dejado por los jóvenes intelectuales y poetas del Grupo Norte. De los pocos que hubo, ninguno tiene el poderío de un José María Arguedas ni la fuerza expresiva de un Martín Adán y por lo tanto pasan inadvertidos. Les faltó el sustento de una ideología impulsora tanto como plantearse retos mayores en la creación artística.

Otro momento importante de las letras Trujillanas se lo debemos al poeta Marco Antonio Corcuera y al grupo que en los años 60 lideró con el nombre de Cuadernos Trimestrales de Poesía. Este grupo se consolida con la producción del Concurso POETA JOVEN DEL PERÚ, cuyos primeros ganadores fueron Javier Heraud y César Calvo. La muerte de Heraud como guerrillero en un río de Madre de Dios confirió a este premio una aureola mítica que con los años se ha ido deteriorando. La revolución cubana y la radicalización de los intelectuales y escritores de América encontró un eco importante en Marco Antonio Corcuera, Wilfredo Torres Ortega y Horacio Alva, entre otros. Después, es posible hallar nombres valiosos, pero sólo de escritores trujillanos afincados en Lima: Leoncio Bueno, Alejandro Romualdo, Arturo Corcuera y ahora nuestro querido Pepe Watanabe, todos ellos curiosamente de filiación marxista. En la misma ciudad de Trujillo, sin embargo, hace ya más de ochenta años no vive ningún escritor de importancia nacional. Este es un reto para ustedes los trujillanos, un fenómeno que necesitamos explicar, con mucha sinceridad, como haciendo una catarsis, para poder encontrar los derroteros de su solución.

martes, 24 de julio de 2007

EL PÁJARO Y LA BALA


En los tiempos que corren

es peligroso confundir las balas con los pájaros


La bala por ejemplo

no tiene corazón ni tiene plumas

no le interesa el cielo ni viaja con las nubes

no hace nido en los árboles

una bala tiene por nido el corazón de un hombre

por costumbre la muerte


Una bala no debiera vivir


Pero en tiempos de guerra

uno debe aprender

a distinguir los silbos de una bala y un pájaro


Hay que cuidar a cada amanecer

como si fuera el último


Hay que aprender a distinguir los silbos

y eso es sólo posible

si uno entiende de pájaros.

Adrián Desiderato (poeta argentino)

viernes, 20 de julio de 2007

LOS CUADERNOS DE RIGOBERTO




A medida que pasa el tiempo, el nombre de Rigoberto Meza Chunga se acrecienta, y quienes fuimos sus amigos nos sentimos, como es natural, orgullosos de haber compartido con él innumerables jornadas, ya sea caminando por las calles de Piura o en la mesa de alguna picantería, a la vera de unas botellas de cerveza y del infaltable cebiche, sin los cuales no hay reunión piurana que valga la pena recordar. El Golfo fue el último mentidero donde recalé con él y con Houdini Guerrero, Sigifredo Burneo, Rafael Gutarra, y alguna vez con Genaro Maza y otros contertulios ocasionales. Houdini, Sigifredo y Rafael siguen yendo por allí, mientras que yo, autoexiliado, sigo deambulando a cientos de kilómetros de mi querida Piura, y volviendo a ella de vez en cuando, en pos de la entrañable resolana y la parlera música de nuestra gente.

Ahora, hasta se cuentan hechos “paranormales” de Rigoberto. Houdini refiere que en los días posteriores a su muerte, ocurrida el 23 de septiembre de l997, Rigoberto “se sentaba” a beber con ellos y que, cual espíritu chocarrero, les tumbaba las cervezas o “se manifestaba” de alguna forma para hacer sentir su presencia. Cuando nos encontramos en Piura, en algún momento de la conversación, aparece siempre el nombre de Rigoberto y nos entretenemos recordándolo y bebiendo en su memoria. En Lima, donde los escritores “consagrados” son remolones para reconocer a los escritores de provincias, Rigoberto Meza ya no es un desconocido. Ricardo Gonzáles Vigil, José Antonio Bravo, Oswaldo Reynoso, el extinto Washington Delgado, y varios otros, saben o sabían ya de quién se trata. Y es que los cuentos de Rigoberto, sus estudios literarios, sus leyendas y sus poemas tienen el halo y la plenitud del arte hecho con vocación e inteligencia creadora.

No recuerdo bien cuándo lo conocí a Rigoberto. Me parece que fue en 1973, en Talara, a donde yo había llegado junto con el poeta Víctor Mazzi Trujillo, desde Lima, invitado por otro amigo entrañable, el “negro” Idelfonso Niño Albán, quien a la sazón era profesor de la GUE Ignacio Merino de esa ciudad. Recuerdo vagamente las conversaciones entre Rigoberto, un poeta talareño que era admirador de Kavafis, Víctor Mazzi y yo. Rigoberto era mayor que nosotros y sus opiniones eran frontales y casi siempre las manifestaba como si no les diera mucha importancia. A mí, por ejemplo, me hizo notar mis excesos de “música nerudiana”, aunque luego pareció arrepentirse de haberlo dicho y cambió de conversación. Yo no había leído nada de él, sólo sabía que pertenecía al Grupo Literario Liberación, fundado por el poeta talareño Emilio Saldarriaga, en 1956. Tenía más bien la impresión de que Rigoberto era un ex obrero petrolero, anciano o ya fallecido como tantos otros de esa generación. Lo que más destacaba en él era su sinceridad, su buen sentido del humor, su inteligencia y su humildad. Nunca hizo nada para ponderar su obra o para que lo consideraran como un “escritor”.

Uno de mis olvidos imperdonables fue no consignar sus trabajos en mi antología Los Otros, panorama de la poesía piurana desde 1960. La antología salió en 1986, y tuvo buena acogida en Lima y otros lugares del país. Algunos poetas, entre ellos los hermanos Varillas y el propio Emilio Saldarriaga García, se enemistaron conmigo por no haberlos antologado. Rigoberto jamás me reclamó nada y, por el contrario, nuestra amistad, se hizo más frecuente a partir de aquellos años. Poco después conocería Estructuras, uno de sus mejores poemarios, y más tarde su vasta obra poética, destacable por la variedad de registros, la profundidad de sus imágenes, su sentido lúdico y su modernidad. Era extraño que un poeta como él, formado en la aridez de la provincia, tuviera tanta cultura literaria y tanta intuición para ofrecer planteamientos poéticos nuevos.

En realidad, Rigoberto era una caja de sorpresas. Una mañana lo encontré en su oficina de Miraflores resolviendo un problema algebraico, y entonces me enteré de una de sus pasiones: las matemáticas. Jugaba ajedrez, dibujaba, leía inglés, era calígrafo y, entre otras virtudes más, experto en asuntos de tecnología educativa. Como contador de chistes era sencillamente extraordinario, y no sólo eso: también los inventaba. “Los chistes –me dijo en cierta ocasión– tienen un esquema como los cuentos, y por lo tanto pueden crearse con cierta facilidad”. Rigoberto era una especie de renacentista, sostenía que el hombre debía dominar una ciencia, un deporte y un arte. Era además un borracho ejemplar, sólo bebía cerveza sin helar (padecía una afección bronquial desde niño), y nunca le faltó el respeto a nadie en sus prolongadas jornadas con Baco. La razón: Rigoberto podía beber navegables cantidades de cerveza sin perder la cordura.

Quiero referir la anécdota a la que alude el título de esta crónica, tan parecido al título de una obra de Mario Vargas Llosa. Era junio de 1996 y uno de mis trabajos de aquel entonces era escribir la sección literaria del suplemento dominical de El Tiempo. Buscaba un par de temas centrales y luego desarrollaba una columna tratando de hacerlo en “pastillas” para no aletargar al lector. Para cierto domingo escogí el tema “escritores y manías”, que me pareció interesante por el montón de locuras que se les ocurre a los escritores en el momento de ponerse a trabajar. Anoté que Gabriel García Márquez escribía siempre y cuando su mujer le pusiera en el escritorio un ramo de flores amarillas, papel blanco de 36 gramos y una máquina eléctrica con cinta negra; que Julio Ramón Ribeyro no podía escribir si no se rodeaba de una pila de libros y fumaba; que Hemingway no escribía sentado sino de pie; que Balzac escribía bajo el efecto de 20 tazas de café; y que Martín Adán no escribía en papel normal sino en el reverso del papel dorado que traen los cigarrillos, alisado pacientemente.

Me faltaba indagar entre mis amigos escritores de Piura. Al parecer, ninguno de ellos tenía una manía digna de anotarse en la crónica. Entonces me acordé de Rigoberto, y me fui a buscarlo a su habitación de Miraflores. Lo encontré, le dije el motivo de mi visita, y con la displicencia que a veces lo invadía me dijo: “yo no tengo manías”. Salí decepcionado y la crónica apareció sólo con las manías de los “famosos”.

Un mes después, en una calurosa tarde piurana, volví a la habitación de Rigoberto, lo encontré de mejor humor y escribiendo con una pluma fuente en un cuaderno de escolar. Le pregunté si estaba escribiendo algún cuento o novela, sorprendido de que lo hiciera a mano. “No – me respondió– estoy escribiendo Aura, la novelita de Carlos Fuentes, es buenaza”. Ante mi asombro, Rigoberto sonrió y me explicó: “Mira, cuando a mí me gusta un libro que leo, lo escribo todo entero en un cuaderno, me parece que así me compenetro con el autor y aprendo a escribir mejor”. Y me mostró varios cuadernos de esos apilados en un rincón.

¡Vaya, si no tenía una curiosa manía el buen Rigoberto!

El acabóse ocurrió una noche mientras atravesábamos el puente Sánchez Cerro, luego de habernos bebido una buena tanda de cervezas:

– He releído el Quijote, cada vez me gusta más... tanto que ya me están dando ganas de escribirlo en unos cuantos cuadernos. ¿Qué te parece?

Y rió, con su risa cachacienta y contenida.