
Huang Tse Chen, que había tenido una juventud miserable, acostumbraba pasearse los domingos por el mercado. En uno de esos paseos encontró un día a un vendedor de paraguas y se detuvo a explicarle los fundamentos de su doctrina. Fue tan claro y persuasivo en su exposición que, al cabo de ella, el vendedor de paraguas no pudo contener las lágrimas y lloró. Chen le preguntó el motivo de su llanto y el hombre le respondió: Huang, lo que tú dices de la lluvia es gran verdad, pero yo no sé hacer otra cosa que vender paraguas, si no lo hago morirán de hambre mi mujer y mis hijos.
Las lágrimas y el dolor del hombre conmovieron de tal modo a Huang Tse Chen que esa misma noche se encerró en sus aposentos con el fin de formular una nueva doctrina, pero esta vez sobre la irrealidad de las lágrimas. El retiro duró treinta días y treinta noches.
Cuando Huang Tse Chen concluyó sus meditaciones era domingo. A partir de entonces, el mercado vio la reconfortante escena de dos vendedores de paraguas charlando y riéndose alegremente.