
En la secundaria, mi profesor de matemáticas se llamó Florencio Lagos. Era pulcro, como el maestro Sullón, y regordete como un sapo. Se sabía de memoria los tres tomos de Baldor y se regocijaba enseñándolos con una paciencia envidiable. En cierta ocasión, para sacarlo de su rígido memorismo, le pregunté que de dónde había salido el axioma que en ese momento había mencionado. Me miró con sus grandes ojos saltones, por encima de sus gruesas gafas y me dijo: “Mire, Alarcón, hombres más inteligentes que usted y que yo han elaborado este axioma, por lo tanto, no averigüemos más y sigamos adelante, por favor”. Todo cuanto aprendí de él fue la Regla de Tres Simple y a despejar la incógnita en las ecuaciones de primer grado, operaciones de las que ya no me acuerdo.
En el Pedagógico y en la Universidad tuve distintos profesores de matemáticas, a todos los he olvidado. No obstante, recuerdo mi sempiterno temor a ese curso y a cuanto se relacionara con él, la estadística por ejemplo. No entiendo por qué nunca, en ninguno de los niveles, fui desaprobado en esa materia. Años más tarde, cuando conocí a mi amigo Julio Balmaceda, matemático puro de profesión, supe la enorme falta que le hacía a mi formación de poeta el conocimiento de tan importante disciplina. El ritmo y medida de los versos requieren de una sutileza matemática tan necesaria como la emoción y el talento para escribirlos. Algo parecido me ocurrió cuando trabé amistad con el escritor Rigoberto Meza Chunga, quien se entretenía o descansaba de la redacción de sus textos literarios resolviendo problemas de matemática infinitesimal.
Hasta ahora experimento cierto pudor cuando leo que Karl Marx, meses antes de su muerte y pese a su gigantesca tarea como creador del socialismo científico, estaba empeñado en esbozar un nuevo sistema numérico; y que en la mochila del Che Guevara, luego de ser capturado en Ñancahuazú, sus asesinos encontraron, además de su Diario y el Canto General de Pablo Neruda, un libro de Aritmética.
Los números son hermosos, no hay duda. Tienen la desquiciada precisión de una flor o acaso la misteriosa melopea de un soneto de Baudelaire. No en vano García Lorca refiriéndose a la “virgen poesía” la llamó “duelo de rosa y verso, de número y locura”.
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Collage de Óscar Alarcón
1 comentario:
Herman Hesse dijo alguna vez: "la arquitectura es el puente entre las matemáticas y la música".
Y no por gusto Sergio Pitol (uno de mis escritores vivos favoritos) asegura, en referencia a su memoria literaria, que "somos el producto de una suma mermada por infinitas restas".
La próxima vez que nos veamos, Poeta, le voy a tomar la tabla del 1.
Un abrazo.
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