domingo, 1 de julio de 2007

LA MALA PROSA DE CÉSAR VALLEJO




Los constantes y profusos homenajes realizados en el Perú a César Vallejo han venido a señalar – como era previsible – la existencia de dos imágenes o perspectivas del poeta. Por un lado, la de un Vallejo oficial, momificado y aséptico; y por otro, la de un Vallejo marxista, ética y estéticamente vigente en el Perú de hoy.

El primero – el Vallejo oficial – era sencillamente inevitable. Una obra poética de trascendencia mundial como la suya no podía ser ocultada ni soslayada por mucho tiempo. Aunque incómodo, debido a su militancia política, era necesario para el oficialismo poner al poeta en hornacina, mistificarlo y quemar incienso ante su cadáver. Después de todo, su poesía es “difícil”, “incomprensible”, “un asunto de intelectuales”.

No ha ocurrido, sin embargo, lo mismo con el Vallejo dramaturgo, cronista y narrador, es decir con el escritor que, armado de una estética revolucionaria y de un claro sentido de la libertad creadora, instrumentó su prosa para dar testimonio de la revolución bolchevique (Rusia en 1931), denunciar la penetración imperialista en el Perú (El Tungsteno, Lock -out), sublevar nuestras conciencias (Paco Yunque, Colacho hermanos) o bien para reflexionar sobre el arte y la sociedad (Contra el secreto profesional, El arte y la revolución) utilizando magistralmente el materialismo dialéctico como instrumento de análisis y comprensión.

A este Vallejo, dramaturgo, cronista y narrador, es necesario combatirlo todavía. Es imperioso sustraer a los lectores, a los jóvenes sobre todo, de una obra esclarecedora, incitante, recorrida en todo momento por un genuino espíritu revolucionario y la ética creadora de un artista consciente de su oficio. Pero para que el ataque no parezca “artero” es necesario demostrar antes que la obra en prosa de Vallejo es artísticamente pobre. No son pocos los literatos y críticos peruanos (Pablo Guevara, Antonio Cisneros, Washington Delgado, entre otros) que en los últimos años se han prestado para ello. “Pasto comercial para el olvido” así ha calificado el poeta Antonio Cisneros los dramas y los relatos de César Vallejo. Obras maniqueas, escritos pane lucrando, cuentos y novelas sin mayor importancia literaria, piezas teatrales prescindibles, crónicas de ocasión, en tales términos muchos de nuestros intelectuales han adjetivado la obra en prosa del poeta santiaguino. Saturados de poesía beat, de neoliberalismo y burocracia poltrona, olvidan que la actividad creadora de Vallejo no estuvo pendiente de los ismos o las modas literarias de su época. Esa actividad era la expresión más alta de la conciencia de un hombre que había optado por una nueva concepción del mundo y que sabía cuál era el sentido y el objetivo de cada uno de sus actos.

No hay testimonio alguno de que Vallejo privilegiara su poesía sobre su prosa. Tanto El Tungsteno como España aparta de mí este cáliz son producto de su madurez creadora y militancia política. Debemos convenir que en la factura de estas obras, tanto como en las otras, Vallejo se dio íntegro. Un escritor genuino como él no podía escribir por moda, por receta ni por mandato. “Como hombre puedo simpatizar y trabajar por la revolución, pero como artista, no está en manos de nadie, ni en las mías propias, el controlar los alcances políticos que pueden ocultarse en mis poemas”, escribió en El arte y la revolución.

Si bien es cierto que su poesía resultó más difundida (hecho que escapa a los propósitos del autor) que su prosa, ésta es de una calidad insoslayable. Sus crónicas, recogidas por Puccinelli en un libro titulado Desde Europa son verdadero modelo de estilo periodístico. Su teatro, cuya calidad artística se demuestra en la valoración de los especialistas y el montaje de sus obras, no sólo es revolucionario por su contenido político sino también por su propuesta estética. La narrativa de Vallejo se inscribe como fundadora de la narrativa proletaria en el Perú. Valdelomar incorpora a nuestra literatura la imagen de la provincia, pero la provincia arcádica, Vallejo incorpora el tema social, la tesis política, y eso – aunado a la necesaria y espontánea sencillez del estilo - sería suficiente para ubicarlo en un lugar pionero de nuestra prosa. Pero hay algo más. Una lectura atenta y desapasionada de sus dramas y relatos nos revela gérmenes muy notorios de técnicas (monólogo interior, ruptura de la sintaxis, vasos comunicantes, etc) que ahora, después de muchos años, son utilizadas aún entre los propios detractores de la prosa vallejiana. Claro que siempre sonará más “elegante” atribuir esas influencias a Faulkner o Joyce, que no a un preclaro escritor peruano con los dos estigmas más detestables entre nosotros: cholo y comunista.

1 comentario:

Jack Farfán Cedrón dijo...

Bienvenido a la blogósfera, Alberto, buen artículo el de Vallejo. Los grandes también tuvieron sus tropiezos.